03/06/2017 / 13:38
Antonio Yagüe


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Alboroque

Era difícil saber si el afortunado era el vendedor porque había sacado una buena tajada con el trato o el comprador porque había logrado una ganga.


El alboroque era la invitación que, especialmente tras la venta de ganado o caballerías, hacía el más beneficiado. Era difícil saber si el afortunado era el vendedor porque había sacado una buena tajada con el trato o el comprador porque había logrado una ganga. Tras el acuerdo, a veces tras un largo regateo, vendedor o comprador se pagaban unos vasos de vino o unas copejas de aguardiente en la taberna. También había ocasiones en que pactaban  abonabar a medias el convite.
    La joven escritora y colega Noemi Sabugal cuenta con su habitual sencillez en La Crónica de León que por aquellos pagos esta tradición se denomina conrobla. En otras zonas al norte del Duero le llaman botijuela y robla a secas. Por algo La Robla, otrora importante núcleo ferroviario y minero, lleva en su escudo a dos campesinos que se dan la mano. Algunos filólogos apuntan que el nombre deriva el asturleonés robla (firma, acuerdo).
    Habitual en las concurridas ferias anuales del Señorío, como Milmarcos, Alustante, Maranchón, Tortuera o Molina, y la caballar de Almazán (Soria), la cívica costumbre ha pasado prácticamente al olvido. ¿El alboroqué?, repreguntan extrañados muchos jóvenes y menos jóvenes cuando se les habla de esta tradicional agasajo, si hacemos caso a su significado etimológico del árabe.
    Podría reinventarse, como dicen los modernos. En lugar de funcionarios malencarados en su trato con los ciudadanos, las administraciones podrían invitarles a un alboroque cada vez que pagan sus impuestos. O la Diputación en lugar de, con dinero de todos, comprar e instalar rancios adornos, farolas para alumbrar la soledad o fuentes en parques a los que no acuden ni gorriones en peligro de extinción. O el alcalde de Molina tras los contratos para traer orquestas que sospechosamente firma cada año con el mismo representante, según la oposición.
    Como denuncia Sabugal, hacen lo contrario. No invitan ni a un chato a los vecinos y si se descuidan les sisan hasta la tapa que lo acompaña. Lo opuesto al alboroque serían la Púnica o la Gürtel, esos sucios mercadeos en la adjudicación de servicios públicos. O la Lezo, aquí al lado, sin una gota de vino. La pasta les venía con el agua a la que contribuye el pantano del Vado, al noroeste de nuestra provincia, inaugurado por Franco en 1954.


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