11/08/2018 / 11:17
Marta Velasco


Imagenes

Aquellas fiestas

Las Fiestas de Sigüenza alcanzaron su mayoría de edad casi al mismo tiempo que los de mi edad nos casábamos,


Recuerdo cuando vivíamos en el Bosque felices y salvajes, sin luz ni agua, y Sigüenza nos parecía un paraíso remoto que ardía en una fiesta continua. En agosto, después de una anhelante espera, íbamos a la Alameda, y Roque, el jefe del Triunfo, vestía casaca de dorados botones, tocaba la banda municipal y los fuegos artificiales lanzaban cascadas de estrellas y colores. Cuando estallaba la traca final y los muros de la catedral doblaban el eco de los petardos, volvíamos al Bosque envueltos en aquella magia de luces, con una grandiosa luna presidiendo la noche. Éramos los niños del Bosque, mis primos, mi hermana y yo con nuestros padres.

Mucho más tarde se inauguró la piscina La Rosaleda con horarios separados para chicos y chicas, aunque creo que nunca se llegaron a cumplir a rajatabla. Las noches de fiestas hacían verbenas y yo fui una única vez y vi bailar a mi hermana con su falda de vuelo sobre el can-can, cantaban Los Cinco Latinos. Me había escapado de casa por el jardín, tenía 13 años y nadie me invitó a bailar.

Años después y ya viviendo en el paseo de Las Cruces, las Fiestas de agosto eran el acontecimiento más importante del verano. El momento de los grandes amigos, de salir hasta la madrugada, o hasta el día siguiente si había encierro; bailábamos el rock y el twist, con Pekenikes, con Armando, con Enrique y los Solitarios tocando Apache en el club Pinar, un invento que dividió a seguntinos y veraneantes, mientras algunas madres tejían sin quitar ojo a sus niñas.

Pero nosotros no queríamos pelea, sólo divertirnos y enamorarnos, con los primeros grupos seguntinos, Los Rekords y Los Somos, con nuestro maravilloso Alberto Pérez. Con Elvis preguntando ¿Vas a estar sola esta noche?, con Doménico Modugno incitándonos a Volar, Adamo y Mis Manos en tu Cintura, o en la nuestra, … ¿Qué podíamos hacer?  La mayor parte de la alegría la llevábamos en nuestra juventud, en nuestro deseo de gustar y que nos gustase alguien.  Era verano, éramos jóvenes, había música y el tiempo era festivo. No se puede pedir nada mejor a la vida. 

Después el panorama se amplió, las peñas y las charangas generalizaron las fiestas en la calle.  En el Boris y, sobre todo en el Molino, de Marcos López, bebimos el primer alcohol. Marcos hizo la revolución musical de nuestra generación seguntina, la mejor música importada y nacional: Simon&Garfunkel, Los Brincos… El Molino nos enseñó la modernidad, nos sedujo y nos proporcionó una imagen más canalla y más divertida de la vida. 

Las Fiestas de Sigüenza alcanzaron su mayoría de edad casi al mismo tiempo que los de mi edad nos casábamos, sin dejar de disfrutar de las fiestas por la noche hasta altas horas de la madrugada, con Taravilla, el fotógrafo, haciendo el reportaje, que nunca vimos, de la despedida de nuestros amigos los Redonnet, José Luis y Marie Claire, que se iban a Francia de madrugada, no sin antes haber participado en la última celebración de las fiestas: la Procesión de los faroles.


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