29/09/2018 / 11:19
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Arturo Muñoz Gonzalo

Cuando la enfermedad ya no le dio tregua quiso pasar sus últimos días en Sigüenza. Allí, en la intimidad el grupo de amigos nos reunimos en una comida que nunca olvidaremos.


Mientras sus amigos a esa edad, sin cumplir los 18 años, coqueteábamos con el tabaco y nos iniciábamos con alguna cervecita o la sangría de las peñas, él filtraba la medicación en sus primeras batallas contra el cáncer. Las ganó todas, menos la última, perdiendo la guerra de la vida. Y hasta tengo dudas, porque la enfermedad, después de tantos desencuentros, terminó acomodándose a su destino sin que él pusiera pega alguna. Su dignidad fue ejemplar hasta el último minuto. 

Decía Baltasar Gracián que cada uno muestra lo que es en función de los amigos que tiene. En el último adiós que le dimos un tórrido domingo en el cementerio de La Almudena, vi muchas lágrimas escondidas tras las gafas de sol, vi muchos rostros pensativos mirando a ninguna parte, vi muchos amigos. Arturo los tenía. Y amigas, no en vano, fue un conquistador de corazones hasta encontrar a Caro –en realidad, conquistaba el corazón de todos-.

Pertenezco a un grupo que en torno a Sigüenza, el fútbol, los toros, la gastronomía y San Fermín, tejimos una amistad que con el transcurso de los años se convirtió en un entrelazado irrompible y en el que Arturo era el más protegido, tal vez porque fuese el mejor, tal vez por su enfermedad, tal vez por su pacífica convivencia, nunca discutía, tal vez porque nos encandilaba su condición de caprichoso sibarita o tal vez por su generosidad material y sentimental. De ese grupo, Arturo ha sido el primero en irse, estoy convencido que porque si hay que preparar algún destino, él lo hará como nadie. 

Era licenciado en Geografía e Historia y le apasionaba la fotografía. Como el resto de sus hermanos, tenía una especial sensibilidad respecto al mundo del Arte –su madre es escultora y pintora, así como su hermana María, y su hermana Blanca es una reconocida escultora-, sensibilidad que prolongaba a otros muchos aspectos de la vida. 

 

Cuando la enfermedad ya no le dio tregua, quiso pasar sus últimos días en Sigüenza. Allí, en la intimidad, ese grupo de privilegiados nos reunimos en una comida que nunca olvidaremos. Jamás he visto un enfermo terminal con tanta dignidad, no le oí quejarse de nada y hasta seguía haciendo planes, incluido acudir, una vez más, al Bernabéu para ver a su Real Madrid, como así hizo. 

Me permito un apunte personal que no me hubiera perdonado obviar, que era el orgullo que mostraba de la amistad que mantuvieron nuestros respectivos padres, y que a él le gustaba continuar entre nosotros, dando valor al mayor de los valores, en esa coherencia exquisita que Arturo daba a las relaciones humanas. 

Tomo los versos de Miguel Hernández para despedirme, querido Arturo, “cuenta con un puñado de lágrimas y tierra, cosechero que fuiste del estrépito, privilegio acabado de la vida”. 

Arturo Muñoz Gonzalo nació en Madrid, el 8 de febrero de 1962. Falleció en la misma ciudad, el 22 de septiembre de 2018. 


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