01/09/2017 / 12:06
Javier Sanz


Imagenes

Bendito fútbol aquél

Ante el Marchamalo, Raúl cazó a la carrera dos pepinos que convirtió en obuses y quemaron las redes. Yo les paré un penalti y dejé la cuenta a cero.


Venía yo de comprar el pan, de verdad y no como Umbral, cuando me encontré con Raúl, delantero centro del C.D. Sigüenza en otro siglo. Hacía años. Nos abrazamos y dimos un repaso muy rápido. Le comenté la muerte prematura de Torrijos, nuestro defensa central algún tiempo. Nada sabía y se entristeció. De aquellas fotos en blanco y negro y después en color pálido ya es difícil encontrar un once completo.
    Ante el Marchamalo, Raúl cazó a la carrera dos pepinos que convirtió en obuses y quemaron las redes. Yo les paré un penalti y dejé la cuenta a cero, fuimos los héroes de un domingo de octubre y salimos de La Salceda como si lo hiciéramos de Old Trafford. Tenía razón Luis Aragonés cuando decía que con un 1 y un 9 el equipo estaba hecho. Aquella tarde fue así, y el recorte del semanario “Pueblo” que todavía guardo lo atestigua. Compartimos habitación la única vez que hicimos noche, en Talavera. La ciudad estaba en fiestas y nos juramentamos para no salir del hostal pues al día siguiente el partido se disputaba por la mañana en Arenas de San Pedro. Cada uno por su lado, creyendo ser los únicos díscolos, o sea, la plantilla íntegra además de la directiva, coincidimos en el ferial a medianoche. Cuarenta años han pasado, nos seguimos viendo cuando nos junta el viento, pero en las bodas, en las muertes de nuestros padres, en alguna alegría, nos hemos reunido con puntualidad más que familiar. No conozco lazos más fuertes que los anudados en la juventud en un vestuario de fútbol. Y el mayor tesoro que se mantiene, la consigna que nadie nos enseñó, es que “nadie es más que nadie.”
    El otro día se sortearon los equipos de la Champions 2018 y se dieron unos premios del fútbol europeo. Subieron a recogerlos maniquíes de 3000 euros el traje, peinado de Las Vegas y depilación total. Alguno chillaba “Shiuuuuuuu” cuando recogía su vanidad, otro pensaba en la próxima traición a su equipo, cuyo escudo había besado como si fuera la Biblia y a las afueras les esperaban representantes, pilotos del jet privado y hasta agentes de prensa propios. Era la cumbre de ese deporte.
    Perdón, yo estaba hablando de fútbol. Raúl me dijo que no le iba mal, que había leído no sé qué en el periódico “de algo que te han hecho”… Nos dimos un abrazo de despedida. Quizá suceda dentro de otros cuatro o cinco años, quizá nunca –como nos ocurrió con Torrijos al que ya no volvimos a ver-, pero sabemos que seguimos siendo aquellos, los que goleamos al Marchamalo una tarde en que bajaron a vernos nuestras novias al lado del río, los que nos acompañamos en nuestras bodas y en las muertes de nuestros mayores. Nunca fuimos tanto y al fútbol se lo debemos. Cuando este deporte no era cosa de bailarinas caprichosas que saben cuál cámara les está siguiendo y ponen ojitos. Y su mayor obsesión es la cuenta corriente de su vecino, para superarla y comprarse otro hotel. O una isla.  
 


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