09/03/2018 / 18:32
Marta Velasco


Imagenes

Cocina

Pertenezco a una generación de niños criados al calor de los fogones, entre pucheros y sartenes y me gusta esa agitación de batir huevos.


 Mi amigo Manolo, que es hombre sabio y políticamente correcto, me cuenta un chiste por teléfono.
¿Qué hace una mujer fuera de la cocina?
    ¿Qué, qué? Pregunto, temiéndome lo peor.
    ¡TURISMO! Contesta el muy infame. Y se ríe.
    Le aconsejo que se lo cuente a la ministra de Igualdad, aprovechando el día de la Mujer, a ver qué opina ella, pero se ríe mucho más y me invita a comer. Creo que aceptaré, mi cocina está en obras por culpa de unas goteras y mi casa es una zanja por donde campan las brigadas internacionales de la construcción o de la reconstrucción. Manolo sabe que ahora soy una pobre mujer descocinada y vulnerable, que hace turismo por los restaurantes de menú y carece de raíces.
    Mi madre quería morirse sin aprender a guisar y murió centenaria y satisfecha por haberlo conseguido. Pero yo pertenezco a una generación de niños criados al calor de los fogones, entre pucheros y sartenes y me gusta esa antigua agitación de batir huevos para las tortillas francesas de la cena. Todavía guardo entre mis recuerdos más tiernos aquellas tardes de radio, la guía comercial, el lamento de Lola Flores ¡Ay pena, penita, pena!, y las canciones de Antonio Molina, dedicadas a la niña más bonita, de sus abuelitos que mucho la quieren, o querían. Si me esfuerzo, aún puedo oler las galletas que se tostaban en el horno para el desayuno del día siguiente. En la cocina de invierno me quitaba el uniforme y merendaba pan y chocolate, en la cocina de verano me hacía pendientes con las cerezas y bebía agua fresca del botijo. Y en la cocina de mi adolescencia tuve las primeras noticias sobre los misterios de la vida, espiando conversaciones cruzadas a medias. Porque aquel era un lugar de confidencias y de mujeres, un sitio donde estar, y nadie me mandaba a estudiar a mi cuarto, aunque estuviesen hablando de asuntos privados.
    Ya más mayor, veía en el cine aquellas cocinas americanas, con isla, tan impresionantes, pero en esas fechas mis pensamientos estaban ocupados por cosas trascendentales, amor, carrera, diversión y política fundamentalmente. Eran tiempos de aprendizaje y rebeldía y las cocinas estaban en el último lugar de mi lista de intereses.
    Me casé sin saber freír un huevo, y trabajé, no tuve mucho tiempo para la cocina, pero aprendí a guisar y me gustó. Ahora, con isla o sin ella, la cocina es importante en las casas y veo que la siguiente generación colabora con entusiasmo y se hace cargo de la paella o del lavaplatos. Hoy guisan indistintamente hijos o maridos, así que la cocina es un punto de reunión para debates y meriendas. Ha cambiado el concepto de cocina como el lugar de las mujeres. Y también, por fortuna, han evolucionado las ideas sobre la mujer, considerada antes como” objeto” o con el despectivo “sus labores”. Nos lo hemos ganado, hemos trabajado mucho, dentro y fuera de casa.
    Aun así, sospecho que mi amigo Manolo tiene razón. Los hombres tienen una relación distinta, más moderna, divertida y eventual, con el sagrado fuego del hogar, pero en la vida de una mujer de mi generación, allí, en el fondo, siempre hay una cocina. Con todo lo que conlleva.


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