18/03/2017 / 13:10
Antonio Yagüe


Imagenes

Contadores chivatos

Si gastas un kilovatio sales por un dineral. Si gastas alguno que otro de más, agárrate.


La subida del precio de la luz, a medida que bajaban las temperaturas, puso en enero a las compañías eléctricas en boca de todos. Con la llegada de los recibos, no hablamos  de otra cosa. Si gastas un kilovatio  te sale por un dineral. Si gastas alguno que otro de más, agárrate. Normal. Estamos más acostumbrados a pagar por cosas materiales y mesurables al tacto. Y la luz es un producto que tiene algo de misterioso.
    Al misterio se ha unido el terror de muchos consumidores con la instalación de los llamados  contadores inteligentes en las  viviendas. Resultan, sin duda,  mucho más cómodos para los dueños de la luz. Pueden facturar sin despeinarse ni gastar una caloría desde sus sedes en Bilbao, Barcelona o Madrid.  Son los principales beneficios de la modernísima tecnología.   
    Los bienpensados creemos que bastante tienen ellos con vender la luz. Y que no se han dado cuenta de que estos artilugios, obligatoriamente ubicados en la calle junto a la puerta de las casas, están sirviendo de guía a los cacos desvalijadores en tantos pueblos semiabandonados. Cuando hay consumo, el contador emite destellos rojos. En caso de que todo esté desconectado, la luz roja se queda fija, no parpadea.
    “Se lo han puesto a huevo. No tienen más que mirar. Es más seguro que si hay persianas bajadas o subidas. Es como si les hubieran dado la llave”, asegura el jarabeño José Antonio Horna,  encargado de recoger la basura en una decena de pueblos limítrofes de la provincia de Zaragoza. Horna ha observado que, tras instalarse los nuevos contadores, los ladrones no han fallado al entrar   casas vacías. Si la luz roja del contador no se inmuta, patada a la puerta… y a trabajar tranquilamente.
    Algo parecido ocurrió en Fuensaviñán y pueblos colindantes con Torremocha del Campo. Y en varios del Señorío. En uno los cacos entraron, comieron y bebieron como en su casa. Sólo robaron un televisor y matanza. Antes, con bastante mala leche, volcaron las orzas sobre las camas para portear las tajadas bien escurridas de aceite.
    Cierto que los chorizos disponen del silencio y la soledad de la noche y de una iluminación pública que recuerda a los platós en los rodajes nocturnos. Mejor no dar pistas, ni chivarles que allí no vive nadie.


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