13/04/2018 / 17:57
Jesús de Andrés


Imagenes

Detener el tiempo

Traigo estas reflexiones al hilo de la presentación, el pasado martes, del libro Guadalajara en la tarjeta postal ilustrada. 1901-1939, brillantemente editado por la Diputación Provincia.


Que el tiempo no se detiene es algo que aprendemos pronto. Los relojes no paran, la vida sigue su curso y todo cambia, como decía Mercedes Sosa en aquella bella canción. Simples mortales, los humanos no tenemos poderes para contenerlo. Hay sin embargo una posibilidad de interrumpirlo, un truco mágico que inmoviliza el presente o al menos una pequeña porción del mismo, que retiene un instante: la fotografía.
    Decía Julio Cortázar que “entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías”. Combatir la nada es la esencia del arte: tomar una parte del infinito universo y sintetizarla en un cuadro, una escultura, una película o un poema. Al contrario que estas formas de expresión, la fotografía tiene una limitación importante: apenas se capta un momento, ceñido, además, al campo que abarca el objetivo de la cámara. No hay posibilidad de contar más allá de una única imagen, no hay matices que puedan ser explicados. Tan sólo un fragmento detenido del tiempo.
    Esa suspensión del tiempo fijada en un papel o en una pantalla provoca lo que Ronald Barthes, en La cámara oscura, denominó “el sentimiento melancólico de la fotografía”. Cuando nos enfrentamos a una fotografía estamos frente a un momento detenido, frente a un pasado que será por siempre presente. Y lo observamos mientras que para nosotros el tiempo no frena. Una fotografía nos hace conscientes de nuestra finitud, de que más tarde o temprano estamos llamados a no ser. Pero también, y he aquí su lado bueno, nos permite constatar que, frente al pasado inmóvil, estamos venturosamente vivos.
    Traigo estas reflexiones al hilo de la presentación, el pasado martes, del libro Guadalajara en la tarjeta postal ilustrada. 1901-1939, brillantemente editado por la Diputación Provincial y cuyo autor es uno de los personajes más inquietos y destacados de la cultura local, Pedro José Pradillo. En tiempos de conexiones inmediatas y envío instantáneo de imágenes es conveniente detener la vista atrás, hace no tanto tiempo, para entender cómo era la comunicación hace un siglo y, sobre todo, para apreciar esos instantes de tiempo detenidos en las más de 200 imágenes de nuestra provincia de que consta el libro.
    Detrás de cada postal enviada hay una fotografía realizada por alguien que detuvo el tiempo y eligió qué parte del mismo nos iba a enseñar, sin ser consciente posiblemente de que estaba dejando un legado a las generaciones futuras. Pero también hay un reverso que cuenta una historia, alguien que viajó por nuestras tierras, que pasó unos días aquí o se puso en contacto con un familiar, con un amigo o con la persona amada. Al leer y visitar las imágenes del libro de Pradillo uno siente la finitud de la que hablaba Barthes, pero también la delicia de estar vivo.
 


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