11/05/2018 / 12:22
Jesús de Andrés


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Día de Europa

En España hemos visto, y estamos viendo, cómo los símbolos pueden dividir, cómo se pueden convertir en distintivos de separación.


El pasado miércoles, como cada 9 de mayo, se celebró –es un decir– el Día de Europa. Más allá de alguna referencia secundaria en los informativos y en la prensa, o de alguna lejana alusión en las redes sociales, lo más probable es que casi nadie se enterara. Quizás algún docente concienciado lo recordó y realizó alguna actividad con sus alumnos, pero poco más. Tan sólo es no laborable para quienes trabajan en las instituciones europeas, lo cual es una buena metáfora del alejamiento de dichas instituciones. Lo celebran los funcionarios europeos, pero los ciudadanos no tienen noticia alguna ni tan siquiera de la existencia de esa festividad que se celebra el 9 de mayo porque en tal fecha, en 1950, Robert Schuman, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores francés, pronunció un discurso, la denominada Declaración Schuman, que es considerado el primer paso para la integración de los Estados, el inicio de la actual Unión Europea, su arranque, su primera piedra.
    En 1985, el Consejo Europeo –compuesto por los jefes de Estado y gobierno– estableció para esa fecha la conmemoración del Día de Europa. También se fijaron en aquella época otros símbolos de la Unión Europea. En los ochenta se institucionalizó el uso de la Bandera Europea, las doce estrellas doradas en círculo sobre fondo azul. En 1986 se instituyó el Himno Europeo, con la música de la Novena Sinfonía de Beethoven y letra de la Oda a la Alegría de Schiller. Igualmente, en el año 2000 se adoptó un lema oficial, “in varietate concordia” (unida en la diversidad). Símbolos hay, por tanto, pero ha faltado la promoción, no ha habido una difusión adecuada o, sencillamente, no han calado lo suficiente. Y los símbolos son muy importantes.
    En España hemos visto, y estamos viendo, cómo los símbolos pueden dividir, cómo se pueden convertir en distintivos de separación, cómo pueden romper la convivencia. Pero también son elementos que construyen, que socializan, que generan identidad, que movilizan a la sociedad. Por ello es necesario que unos símbolos indiscutidos como son los europeos, al menos para la mayor parte de los ciudadanos, sean dados a conocer, sirvan para construir esa identidad europea de la que carecemos. De ahí la importancia de que una fecha tan señalada se conozca, se celebre y se comparta. Y eso sólo puede hacerse convirtiéndola en festivo no laborable, en un día de conmemoración institucional, en una fiesta común de todos los europeos. Para ello, claro está, habrá que recortar alguna de las innumerables festividades que tenemos actualmente; casi todas –por cierto– de contenido religioso. Se trata de un objetivo ambicioso pero, en tiempos de incertidumbre y rupturas, de resurgimiento de los dañinos nacionalismos a pequeña escala o a escala estatal, merecerá sin duda la pena.


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