02/10/2017 / 19:45
Antonio Argandoña/Cátedra Caixabank


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Educación financiera y responsabilidad social

El primer deber de la entidad es dar al ciente la información necesaria con sencillez y  de manera que se entienda.


oy es el Día Nacional de la Educación Financiera. El lector quizás piense que hay ya demasiados días nacionales o internacionales de demasiadas cosas. Pero no se preocupe: de hecho, solo nos enteramos de aquellos que nos afectan más directamente –hace unos días fue el del alzhéimer, y, por la cuenta que me trae, ya hice por saber de qué iba. Y suelen ser baratos –aunque no todos. Lo que yo quiero comentar ahora es: ¿tiene algo que ver la Educación Financiera con la Responsabilidad social?
    Si el lector se pregunta esto desde una entidad financiera o educativa, la respuesta es claramente afirmativa. Si la Responsabilidad Social es la responsabilidad de las empresas por sus impactos en la sociedad, la Responsabilidad social de un banco, un fondo o un asesor financiero debe empezar por sus impactos en los que tiene más cerca de su negocio, o sea, en sus clientes y en sus empleados.
    Bien, me dice el lector: pero, ¿de qué es responsable una entidad financiera para con sus clientes? Pues de los efectos que tengan sus acciones (y sus omisiones, claro) sobre sus clientes: de la calidad de sus productos, de su rentabilidad y de su riesgo, de sus implicaciones fiscales y, en fin, de todo lo que aparece en su contrato, también la llamada letra pequeña.
    O sea, la entidad financiera, sus directivos y sus empleados tienen que ser conscientes de esos impactos. Y aquí aparece la Educación Financiera. Porque muchas veces el cliente no entiende lo que es una TAE, o qué significa un riesgo de interés, de tipo de cambio o de liquidez. Por tanto, el primer deber de las entidades es explicar a sus clientes todo esto. Y como la cultura financiera de las personas es muy distinta, habrá que adaptarse a sus condiciones. El primer deber de la entidad es, pues, dar al cliente toda la información necesaria. Y no solo por escrito, con largos párrafos llenos de términos raros, sino con sencillez, de manera que se entienda. Al final, el contrato deberá ser largo y prolijo, pero no estaría de más que se destacasen las ideas importantes o se hiciera un resumen de los más relevante: leí que el presidente Reagan no quería recibir ningún informe más largo que una cuartilla.
Pero, me dice el lector, cuando hablamos de Educación Financiera estamos pensando en otra cosa: en cursos, conferencias, libros, páginas web… Sí, claro: si todos hubiésemos asistido a esos cursos en la escuela, ahora sería mucho más fácil entender lo que nos dice el directivo de la entidad financiera cuando hablamos de una tarjeta de débito o de un fondo garantizado.
Por tanto, la Educación Financiera tiene, me parece, dos dimensiones, o incluso tres. La primera, la más importante, la que afecta directamente al cliente, es explicarle con claridad lo que necesita saber –y no solo lo que se acuerda de preguntar- sobre la operación que tenemos entre manos. Esta es una Responsabilidad Social directa, clara, como la que tiene el vendedor de microondas cuando explica al comprador que no es oportuno secar al perrito recién lavado metiéndolo en el aparato. O el fabricante de medicamentos cuando nos recuerda ese listado larguísimo de los cientos de males que nos pueden suceder si nos tomamos esas pastillas.
Bien, me dirá el lector: pero todas esas aclaraciones se hacen para proteger al fabricante o al vendedor de las costosas reclamaciones que le pueden llegar si el cliente hace un mal uso del producto. Sí, claro. Pero lo que importa es que, si el cliente hace un mal uso del producto, sufrirá un daño: y eso es lo que preocupa a la Responsabilidad Social. Si acaban ante los tribunales o no, ya no es un tema de Responsabilidad Social, sino del Departamento Jurídico o del de Cumplimiento Normativo.
Decía antes que la Educación Financiera tiene una segunda dimensión: educar a la población en general, sobre todo a los jóvenes, porque están en la edad de aprender, y porque tienen toda una vida por delante para poner en valor esos conocimientos. Porque, además, la entidad financiera no sabe quién será su futuro cliente, de modo que todos salimos ganando si aumentamos la capacidad de todos para comprender los productos y las operaciones, los riesgos y las rentabilidades. Y porque, si el cliente viene más preparado, la conversación con él será más sencilla, breve y directa. Claro que también será más difícil engañarle, pero engañarle sería una irresponsabilidad social, moral e incluso penal.
La Educación Financiera, como otras formas de educación, tiene lo que los economistas llamamos “efectos desbordamiento”: si mejoramos los conocimientos económicos y financieros de nuestros conciudadanos, es más fácil que ellos cometan menos errores y que nos ayuden a no cometerlos nosotros, y todos saldremos beneficiados. Y esto es, de nuevo, Responsabilidad Social en sentido amplio: mejora de las personas, de los negocios y de las decisiones, mejora de la sociedad en general.
Pero, ¿quién tiene esta última responsabilidad? No lo sé: cada uno, cada entidad, debe preguntarse sobre esto. En principio, el que conoce el tema y tiene formación y medios tiene también la responsabilidad. Y, lógicamente, esas personas estarán en las entidades financieras –o en las académicas. De modo que sí, los que se dedican a los temas financieros tiene unas capacidades y conocimientos que interesan a otros, y vale la pena que los pongan al servicio de todos.
Y esto me lleva, para acabar, a la posible tercera dimensión de la Responsabilidad Social de las entidades financieras en la Educación Financiera. Porque esas entidades hacen muchas cosas que se proyectan en sus clientes y en la sociedad en general, y a las que no llaman de Responsabilidad Social. Y pueden aprovechar todo eso para cumplir una Responsabilidad Social amplia. Por ejemplo: cuando publican su balance, añadiendo unos párrafos que expliquen las partidas que no sean de fácil interpretación. O cuando anuncian un producto nuevo, remitiendo a una página web en la que se explican aspectos relevantes del mismo. O publicitando artículos o blogs en los que se comenten aspectos de Educación Financiera. O mil casos más.
Decididamente, hay demasiados días nacionales o internacionales de demasiadas cosas. Pero cuando las empresas se sientan a pensar cuáles son sus responsabilidades ante la sociedad y ante sus clientes, con un poco de imaginación se les ocurrirán muchas cosas relacionadas con la Educación Financiera, que serán muestra de que son responsables. Y todos saldremos ganando por ello.   
 


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