29/12/2017 / 11:56
Javier Sanz


Imagenes

El discurso del Rey

“En las mesas españolas llovían langostinos color ciutadans como en una plaga biblíca y el sexto de los primeros felipes españoles firmaba con un trincherazo”


El duque Jorge de York se las vio en las que nunca pensara, suceder a Eduardo VIII cuando éste abdicara seducido por Wallis Simpsom, escandalazo pues élla era la tercera vez que se veía dispuesta a jurar amor y fidelidad eternos. Un rey por unos meses, casi un año –del 20 de enero al 11 de diciembre de 1936-, que tenía más pinta de futuro duque de Windsor o de Hollywood que de monarca, se encaprichaba de una mujer de mucho tirón y no tanta belleza, que es lo que acaba interesando a los hombres. El de Windsor no iba a ser menos y además tenía fortuna para ponerse el mundo por chistera y encender un cohiba con otro en París.
    Problema añadido: el sucesor era incapaz de marcarse un discurso de cuatro palabras y hubo de recurrir al fonoaudiólogo Lionel Logue, que lo metió en vereda y acabó haciendo posible el discurso, por radio, sobre la declaración de guerra en Alemania, 1939. Cuando esto se llevó al cine, en 2010, rompió records y además de los 400 millones de dólares de recaudación con un presupuesto de 8 ídem de libras, se llevó 4 óscars, entre ellos el de mejor película. Aparte de la ambientación, la dirección o la interpretación, el asunto era atractivo, de esos que aunque llueva a jarros te impulsa a abrocharte la gabardina y hacer cola en el cine por no esperar a que te la regalen un domingo con el periódico tres años después.
    Hay monarquías que todavía juegan en Champions, entre ellas la británica, algo menos la nuestra, detrás la sueca ex aequo con las de Holanda, Dinamarca o Bélgica, que acaban clasificándose para la Europa League, y todos los años juega a no descender la de Mónaco, un principado. De las asiáticas apenas corren noticias, salvo en el “Hola” y porque corre el escalafón una vez han metido yesca a la pira que les pasaporta a su paraíso de diosas de ocho brazos.
    En Nochebuena habló el nuestro. Discurso del Rey, joven, europeo, ya sin cuñados que le puedan arruinar el negocio. La consorte le da clases particulares, y se nota, antes de la cena, a la hora en que ella salía en el telediario y él se pegaba a la pantalla como yo cuando jugaba Iríbar o actuaba Audrey Hepburn. Bien sentado, bien trajeado, mal encamisado, mentón alto y manos hábiles, dijo como un cardenal de los de antes, los que además de prepararse sabían hablar. Anduvo suelto y dejó cenar. La alimaña 2017 estaba ya muy toreada, un pregonao al que había que dar tres o cuatro pases porque si intentabas el quinto te podía mandar al exilio. En las mesas españolas llovían langostinos color ciutadans como en una plaga bíblica y el sexto de los primeros felipes españoles firmaba con un trincherazo. Los puristas del 7 se preguntaban si podían tirar almohadillas. “Podemos”, se respondieron a sí mismos. Lo de siempre.      
 


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