29/07/2017 / 20:03
Jesús de Andrés


Imagenes

El éxodo rural

El franquismo, agotado el modelo económico de la autarquía, apostó por modernizar España industrializando el país y trasladando la población rural a las ciudades.


La publicación en los últimos dos años de un puñado de libros sobre la despoblación en España ha puesto de moda, si así puede denominarse al interés manifestado por un pequeño grupo de lectores con cierta inquietud social, a la España interior deshabitada. Casi tres décadas después de que Julio Llamazares publicara una novela seminal sobre la cuestión, La lluvia amarilla, relatando con la voz de un monólogo la historia del último habitante de un pueblo de Huesca que observa el caer de las hojas secas que arrastra el otoño a modo de lluvia, como el tiempo y la memoria. Y otra década más desde que Delibes narrará la historia de cómo la democracia llegó a un pequeño pueblo del norte de Burgos de tan sólo tres habitantes en El disputado voto del señor Cayo.
Ha sido una nueva generación de escritores y periodistas quien ha vuelto a tratar este asunto, en esta ocasión desde el ensayo y el reportaje. Preocupados por una realidad que está ahí, tan cercana como cualquier otra noticia de actualidad pero ajena a la realidad mediática, han abierto la discusión y han puesto de manifiesto qué poco se ha reflexionado sobre ello. Sergio del Molino, con su libro La España vacía, ha sido el motor de esta llamada de atención con una obra que, como bien dice alguno de sus eslóganes promocionales, era necesario que alguien se sentara a escribir. Le han acompañado otros como los de Paco Cérda, Los últimos. Voces de la Laponia española o Emilio Gancedo, Palabras mayores. Un viaje por la memoria rural. Más que recomendables todos ellos.
Atenta al problema que estos libros han puesto sobre la mesa, el aula de la UNED en Molina de Aragón organizó la semana pasada una mesa redonda al respecto en la que dos de los mayores especialistas, Francisco Burillo, director del proyecto Serranía Celtibérica –territorio despoblado que engloba a 10 provincias de 5 comunidades autónomas-, y Luis Antonio Sáez, director de la Cátedra sobre Despoblación de la Universidad de Zaragoza, disertaron, moderados por Javier del Castillo, desde planteamientos diferentes pero complementarios. Si para Burillo la despoblación es una emergencia para cuyo tratamiento apenas queda tiempo porque la gente mayor –que es la que vive en los pueblos- se muere, para Sáez es mejor pensar en por qué la gente no quiere vivir allí y en qué atractivos necesitan esas zonas para que las dinámicas existentes se reviertan.
El franquismo, agotado el modelo económico de la autarquía, apostó por modernizar España industrializando el país y trasladando la población rural a las ciudades. El campo fue sacrificado en el altar de la modernidad urbanita. Desde las centrales nucleares hasta los pantanos, el territorio abandonado sirvió para abastecer a la ciudad. Guadalajara sabe bien en qué consistió aquello. El diagnóstico hoy está claro, lo difícil es encontrar una solución.


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