11/11/2017 / 13:46
Javier Sanz


Imagenes

El judas

El Judas representa el menosprecio del pueblo al traidor, y lo simboliza con la ejecución pública, luz y taquígrafos.


En la liturgia laica de los pueblos, que tantas veces no es tal porque el origen o la referencia suelen ser religiosos, llega el Domingo de Pascua y en la mañana se prende un pelele embutido de paja y petardos que en muchos lugares no pasa de ahí. Es el mismo judas de siempre y, como mucho, alberga la duda de si al amanecer permanecerá donde lo dejaron colgado los mozos la noche anterior o si lo habrán robado los del pueblo de al lado. La historia no tiene mayor recorrido.
    En la sede episcopal, la nuestra, hay tradición de muchas décadas. Se quemaban varios judas, que si de barrio, que si de cofradía, que si de peña, que si “oficial”. El judas prototipo sigue siendo el de “los Armados”, o sea, de la Cofradía de la Vera Cruz y del Santo Sepulcro, siendo su mejor artificiero don Jaime Gómez Olaya, que lo aprieta como si en vez de colgado hubiera de tenerse en pie, con sus zapatos, su americana y su careta, pero casi siempre con su mensaje.
    El Judas representa el menosprecio del pueblo al traidor, y lo simboliza con la ejecución pública, luz y taquígrafos. Por no herir al vecino, suele echarse la red en caladeros públicos, donde no faltan traidores o despreciables, al punto que se impone la selección del candidato y todo desemboca en un esperpento casi eurovisivo, preludio del descalabro que se perpetra unos sábados después en el odeón plástico del viejo continente.
    Este año, por mucho que aparezcan otros pues hay tiempo, el Judas está asignado, venga y caiga lo que venga y caiga, de aquí a abril. Lleva un flequillo que no peina, usa gafas y habla en catalán, también en buen francés y le hemos oído en inglés. Se dice que a los charnegos se dirigía en el idioma del Imperio en tiempos de recolección. En estos cuatro idiomas ha dicho esto y lo contrario con el mismo careto y la misma convicción del que pregona la oferta de “dos botellas por diez euros, llévese tres por veinte” y se las compran. Jaime Gómez Olaya aprovechará un viaje a Madrid estas Navidades  para mercarse una careta en la Plaza Mayor y guardarla hasta la víspera de la Pascua florida. En coche oficial lo conducirán al parque de la Alameda y le darán matarile, por traidor. Alguno hablará de la aversión de Castilla hacia el Moisés gerundense. No es así, pues no se cumplen sino deseos que son órdenes, de cuando un rufián dijo que se había vendido por 155 monedas de plata.   
 


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