02/02/2018 / 18:15
Jesús de Andrés


Imagenes

El lenguaje de las ciudades

lo importante es que la ciudad está hecha, sobre todo, por personas: actores de un teatro construido durante décadas o siglos.


Deyan Sudjic, director del Design Museum (Museo del Diseño) de Londres, ha publicado recientemente un libro cuyo título es el que encabeza esta columna, El lenguaje de las ciudades. En él reflexiona sobre estas aglomeraciones urbanas, sobre qué son, cómo son, cómo se gobiernan y qué idea subyace a cada una de ellas. Su clima, su topografía, su arquitectura y su historia les dan un sello distintivo. Hay ciudades que han sido creadas por el comercio, otras por poder político, algunas por la industrialización o por la religión… Nada tienen que ver Las Vegas con Brasilia, Venecia con Shanghái o París con La Meca. Cada ciudad tiene unos rasgos definitorios, una identidad distintiva. Incluso entre nosotros, en los reducidos límites de nuestra provincia, cabe encontrar modelos distintos en función de sus orígenes y de su posterior desarrollo. Guadalajara, Azuqueca de Henares o Sigüenza tienen unas señas de identidad diferenciadas por la forma en que han sido modeladas a lo largo del tiempo. No es lo mismo estar cimentada en el hecho de ser capital de provincia que tener tus orígenes en la industrialización o en ser durante siglos residencia del poder religioso. No es lo mismo estar situada en el área de la gran metrópoli de Madrid, como es el Corredor del Henares, que en una sierra despoblada.
    Pero más allá de sus orígenes, lo importante es que la ciudad está hecha, sobre todo, por personas: actores de un teatro construido durante décadas o siglos en el que es muy difícil modificar el escenario –al que deben adaptarse– pero con libertad para decidir qué obra quieren interpretar. Es fundamental, por tanto, conocer el pasado, las motivaciones de quienes la construyeron, pero también es esencial tener una idea clara de qué se quiere ser. Una ciudad sin identidad es como un ser humano sin personalidad. De ahí la importancia de apostar por un modelo de ciudad, que es algo que va más allá de la gestión del tráfico, la limpieza, la seguridad o el mobiliario urbano. Qué es lo que nos define, cuál es nuestra personalidad como colectivo, cómo seremos vistos desde fuera: cuál es nuestra identidad.
    Cuando se restaura una parte de la ciudad, cuando se decide qué nombre se pone a las calles, cuando se levanta un monumento o cuando se realizan actividades públicas hay que tener presente que no son mera gestión sino que todo ello contribuye a consolidar –o no– una idea, a conformar una singularidad, un sello distintivo sobre el resto de ciudades, a crear una identidad, una personalidad que a todos nos define. Y en ese debate es fundamental, para verse comprometida y reflejada, la participación de la sociedad civil. La ciudadanía es algo más que personal de atrezo, es la savia de la que debe nutrirse la ciudad, algo que hemos visto claramente –por poner un ejemplo– en el concurso para la reforma de la Plaza del Concejo organizado por el Colegio de Arquitectos. La ciudad es de todos y entre todos debe ser pensada.
 


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