10/02/2017 / 12:14
Jesús de Andrés


Imagenes

El río que nos lleva

Sampedro conoció de niño la actividad de los gancheros viéndolos llegar a Aranjuez, dónde él vivía, última etapa del viaje que realizaban desde Peralejos y más arriba aún.


Al igual que la Alcarria tiene su libro –el inmortal viaje de Cela-, el Alto Tajo tiene el suyo, El río que nos lleva, la extraordinaria novela publicada por José Luis Sampedro en 1961, obra que tiene por protagonista al río Tajo en un doble sentido. Es, por un lado, el río de gélida corriente que se abre camino entre montañas, erosiona la piedra y arrastra troncos y hombres modelando el paisaje y forjando el temperamento de los lugareños; el Alto Tajo por el que, año tras año, los gancheros transportan la maderada por tierras de Guadalajara. Por otro lado es el río simbólico que, como en las coplas de Jorge Manrique, representa el discurrir de la vida: la agitación inicial, las aguas que se remansan, el fluir final hacia el mar.
    Sampedro conoció de niño la actividad de los gancheros viéndolos llegar a Aranjuez, dónde él vivía, última etapa del viaje que realizaban desde Peralejos y más arriba aún. Tras la guerra viajó al Alto Tajo para entrevistarse con algunos de ellos, ya retirados del oficio pues su profesión, con siglos de historia, se extinguió tras la contienda, sustituida por el traslado de madera en camiones. Los capítulos del libro tienen los nombres rotundos de la zona: La Escaleruela, Alpetea, Huertahernando, La Tagüenza, Ocentejo, Azañón, Trillo, Viana, La Esperanza, Entrepeñas, Anguix, Zorita de los Canes, Mazuecos…, toponimia con honda resonancia, de poderosa identidad. Incluso los pueblos inventados –Sotondo, Oterón- tienen el eco profundo de las aguas del río y de las planicies que lo rodean, un paisaje incompleto, “una obra a medio hacer” cuyo esfuerzo continúa, en palabras del escritor.
    Se cumplen en estos días cien años del nacimiento de su autor, quien mantuvo permanente vínculo con Guadalajara, desde su participación en la guerra a los viajes por el Alto Tajo y las idas y venidas posteriores, muchas veces para recibir homenaje y reconocimiento. José Luis Sampedro conjugó su vocación académica con su llamada por las letras y en 1990 fue nombrado miembro de la Real Academia Española a propuesta de Buero Vallejo. En tiempos de centenarios el suyo no debería pasar desapercibido, y mucho menos entre nosotros. No sólo escribió un libro definitivo sobre nuestra tierra sino que su calidad humana hace que su memoria sea portadora de los mejores valores del ser humano. Su obra fue un canto a la vida, al conocimiento, al respeto por los demás, al amor, a la lucha por un mundo mejor y más justo. “Ya noto la sal”, decía al acercarse su río vital al mar. Murió en plena juventud, a los 96 años de edad.
 


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