14/07/2017 / 12:24
Jesús de Andrés


Imagenes

El toro

El Toro de Osborne fue creado en los años cincuenta por Manolo Prieto cuando el diseño gráfico estaba en pañales.


En estos días de julio en que ha sido imposible sustraerse a los sanfermines, en los que los medios de comunicación nos han contado al detalle, facilitando estadísticas y partes médicos, las características de cada encierro, en los que el calor anuncia las fiestas de tantos pueblos en los que, todavía hoy, correr delante o detrás de un toro es elemento central de la celebración –primitivismo sobre el que volveremos en otra ocasión-, en estos días, decía, es habitual también salir a la carretera y toparse con la presencia de otro toro más inofensivo aunque de imponente estampa: el Toro de Osborne.
    El Toro de Osborne fue creado en los años cincuenta por Manolo Prieto cuando el diseño gráfico estaba en pañales, cuando no existían las identidades de empresa ni las imágenes de marca ni todas esas estrategias ligadas a la mercadotecnia que llegarían con el tiempo. Simplemente fue un cartel publicitario de esa conocida firma de vinos con forma de enorme toro de lidia, de ahí su originalidad. Poco a poco, el Toro se convirtió en una figura familiar con sabor a carretera nacional, a gasolinera y viaje largo, a “Jamón, jamón”, a zona de descanso y bar de camioneros. Para el inconsciente colectivo de los españoles se convirtió en un símbolo nacional discreto, como la liga de fútbol, el sorteo de lotería de Navidad o El Corte Inglés, incluso más aceptado y compartido que los propios símbolos oficiales.
    En los años noventa el Toro se vio amenazado por las nuevas leyes y reglamentos de carreteras que prohibieron la publicidad. Sin embargo, consiguió salvarse conservando únicamente su silueta, pasando a ser una especie protegida. Faltó tiempo, al hacerse evidente que se había convertido en un símbolo, para que algunos grupos nacionalistas radicales lo convirtieran en objeto de sus ataques, siendo derribado más de uno. Como no podía ser de otra forma, a la vez surgieron otras alternativas nacionalistas al toro español: el burro en Cataluña, la vaca en Galicia o la oveja en el País Vasco. Una españolada, vamos. Y tampoco faltó tiempo para que la extrema derecha intentara apropiárselo: a comienzos de siglo empezó a verse en los mítines de los últimos dinosaurios del franquismo, en los actos de exaltación patriótica de los Blas Piñar y compañía, en los que las camisas azules mezclaban el yugo y las flechas bordadas con la imagen propagandística de un brandy que había mutado su significado.
    A partir del Mundial de Fútbol de 2010, de tan grato recuerdo, su uso se extendió y hoy en día el Toro puede verse no sólo en las banderas que adornan los campos de fútbol sino también en pegatinas, camisetas, recuerdos de viaje y todo tipo de productos. A día de hoy es un símbolo compartido, un toro al que nadie quiere matar, al contrario, un símbolo a preservar por todo aquello que une.
 


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