03/03/2017 / 14:46
Redacción


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El trasvase

Guadalajara ha demostrado sobradamente su solidaridad territorial a lo largo del tiempo.


El pasado mes de febrero se cumplió el 50 aniversario de la aprobación del “Plan para el trasvase de las aguas del río Tajo al Segura” que, sancionado aquel lejano 15 de febrero de 1967, dio paso a su inmediata construcción. La obra tardaría unos años en completarse: hasta 1979, ya en plena democracia, no se realizó el primer desvío de agua, momento en el que se trasvasaron 60 hm3, llegándose a multiplicar por 10 la cantidad veinte años después.
    Los sucesivos regímenes españoles del siglo XX, recogiendo la herencia regeneracionista de Joaquín Costa y su apuesta por las políticas hidráulicas, pusieron en marcha distintos planes para la gestión del agua como parte de la necesaria modernización del país: los proyectos de pantanos y canales de la Restauración, el plan de obras públicas de la dictadura de Primo de Rivera, los programas hídricos de la II República o la política de obras del franquismo son ejemplos de ello. En 1932, siendo Indalecio Prieto ministro de Obras Públicas, se aprobó un plan nacional de aprovechamiento de aguas que incluía un trasvase entre los ríos Tajo y Segura. La falta de fondos y la guerra aplazarían el proyecto hasta los años 60, cuando en pleno desarrollismo ya no tenía sentido construir una obra pensada para una sociedad agrícola. España avanzaba hacia un nuevo modelo de sociedad, con una estructura económica industrial y de servicios, pero la inercia de la historia y la ausencia de una deliberación pública sobre las necesidades del país impusieron el actual trasvase, una obra anacrónica, costosa y ecológicamente insostenible.
    Guadalajara ha demostrado sobradamente su solidaridad territorial a lo largo del tiempo: dos centrales nucleares, el agua de las cuencas del Jarama y del Sorbe para abastecer a Madrid, los trazados de carreteras y ferrocarriles nacionales que no reparan en las necesidades provinciales… A ello podemos añadir la inclusión en una comunidad autónoma que la separa de su vínculo geográfico natural, su escasa presencia en los presupuestos nacionales o, por no insistir más, el abandono de parte de su patrimonio histórico-artístico. Pese a todo, apenas se ha levantado la voz.
    El Gobierno, coincidiendo con la efeméride, acaba de aprobar esta semana, pese a la situación en que se encuentran los pueblos ribereños, pese a encontrarnos en nivel 3 –situación hidrológica excepcional-, el trasiego de 20 hm3 más. Particularmente, tan rechazable me parece hacer proselitismo autonómico a costa de la oposición al trasvase como intentar ganar votos en tierras murcianas regalando el agua, pero hay que hablar claro: el mantenimiento del trasvase es, nunca mejor dicho, la gota que colma el vaso de nuestra paciencia.
 


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