26/09/2010 / 01:17
Cayetano González


En manos de Rubalcaba


Si se pudiera hacer una gran radiografía de los sentimientos que anidan en los corazones de los ciudadanos de cara a la huelga general de este miércoles, el mosaico sería tan amplio como variado. Por una parte, se encontraría a muchos que piensan que habiendo motivos más que sobrados para estar muy enfadados con Zapatero por su tardía respuesta a la crisis económica, sin embargo, no consideran que la huelga general sea lo que el país necesita en estos momentos. Habrá otros que por el contrario piensen que sí, que la respuesta adecuada sería la huelga, pero no la secundarán al ser convocada por quienes han estado, hasta hace muy poco tiempo, bailándole el agua al presidente del Gobierno. Un tercer grupo irá a la huelga sin más miramientos y un cuarto -quizás el más numeroso- no se puede plantear perder, si es que lo tiene, un día de salario, por secundar una huelga que llega tarde y que tiene un cierto tufillo a componenda sindical.

Los sindicatos convocantes, UGT y CC.OO., se juegan mucho ese día. Con una imagen y una credibilidad muy deteriorada ante la opinión pública, es de suponer que echarán el resto para que la huelga sea, según sus parámetros, un éxito. Porque de no serlo, al día siguiente, algunos van a tener que echar la persiana. Y ahí es donde radica el  gran riesgo del día 29: en el nivel de violencia que estén dispuestos a emplear los mal llamados "piquetes informativos" para parar el país desde primeras horas de la mañana. Y en ese escenario es donde entra en juego el segundo actor principal de ese día de huelga, que no es otro que el Gobierno y más concretamente el ministro del Interior, ya que a él corresponde, a través de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, garantizar el derecho constitucional de los ciudadanos a ir a trabajar si así lo desean. Por lo tanto, será Rubalcaba el que tenga en su mano el mando regulador del éxito o fracaso de la huelga.

   Porque un éxito rotundo de la misma tampoco le vendría bien a Zapatero, cuando se encuentra en sus horas mas bajas, aunque acaba de demostrar que nadie debe de darle por muerto antes de tiempo, al conseguir pactar los Presupuestos Generales del Estado para el año que viene con el PNV. Pero tampoco el Gobierno desea un fracaso rotundo de la huelga. Le conviene que la cosa quede en un terreno intermedio. Le viene bien unos sindicatos tocados, pero no hundidos del todo. Y prueba de ello, es que desde el Ejecutivo ya se ha dicho por activa y por pasiva en los últimos días, que tras el 29, se volverán a sentar con los sindicatos.

   Lo importante es que el miércoles se garantice tanto el derecho constitucional a la huelga, como el también constitucional derecho al trabajo. Los precedentes -el más cercano, la huelga salvaje del metro en Madrid- no son precisamente alentadores para aquellos ciudadanos que decidan ir a su puesto de trabajo. Y eso sí, prepárense para la aburrida y absurda guerra de cifras con las que nos bombardearán unos y otros.


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