26/09/2010 / 01:17
Antonio Pérez Henares


Esperanza en Venezuela


La sorpresa ha saltado en Venezuela. La esperanza se ha abierto camino y de la mejor manera posible: en las urnas y con una amplia participación popular que ronda el 70 por ciento del censo. Chávez pedía una afluencia masiva a las urnas y la tuvo. Pero de ciudadanos contra él. Tantos que pueden haber sobrepasado en voto popular, se habla de un 52 por ciento, a  sus partidarios. En cualquier caso un resultado, dada la aplastante maquinaria oficialista, ha dejado sumidos en la confusión a los chapistas y desatado la euforia en la oposición, que por primera vez en doce años se presentaba con cierta unidad en sus filas.

Cierto que la distribución de escaños, tras una "hábil" división de las circunscripciones otorga 95 escaños al partido de Chávez y tan sólo 62 a sus contrarios. Pero no alcanzar los 110 que el caudillo exigía le suponen que no podrá imponer con su rodillo cuantas leyes quiera. Para las esenciales necesitaba los 2/3 y esa situación de privilegio la ha perdido. Pero hay mucho más, estas elecciones son la antesala de las presidenciales de 2012 y Chávez ahora ya sabe que puede perderlas y la oposición que puede ganarlas. Algo que ayer parecía simplemente impensable.

   Porque dado el control y la instalación de un régimen policial que conculca sistemáticamente las libertades la oposición estimaba antes de la consulta del domingo que un 40 por ciento ya era un magnífico resultado, sobre todo tras su trascendental error de la pasada convocatoria donde optaron por no presentarse lo que permitió un control absoluto de la Asamblea por parte de Chávez.

   Conocí Venezuela en 1998 y he vuelto en numerosas ocasiones. De hecho regresé de allí este pasado día 19 de septiembre. Fui testigo de la inmensa manifestación chavista en caracas que preludió el triunfo con más del 65 por ciento de los votos del teniente coronel que había protagonizado dos intentos de golpe de estado (luego el sufriría otro) y que entonces se percibía como la gran esperanza frente a la corrupción de los partidos tradicionales, el socialdemócrata AD y el democristiano, COPEI. Pero no tardó mucho en aparecer la frustración. Tras aquel triunfo incuestionable, Chávez entro en su deriva autoritaria, caudillista y pretendió la instauración de un régimen personalista, que bebía del castrismo y que pretendía ser un modelo, por cierto más cercano al soviético que al Bolivar que enseñan como bandera, para toda Iberoámerica. A su estela Ecuador, Bolivia, Nicaragua y no muy lejano el peronismo de los Kichner florecieron. Pero en Venezuela las cosas iban de mal en peor y a pesar de las soflamas a veces histriónicas, el tremendo fracaso económico en un país que nada en petróleo y la explosión de la violencia han pesado más que los discursos populistas.

   En estos doce años tampoco es que la oposición se haya lucido. Su disparate abstencionista en las pasadas legislativas se trufaba con algunas connivencias con el intento de golpe de 2005. Su atomización era otra de sus rémoras. Ahora han dado un paso. Pero les queda una gran senda por recorrer. Pero este es el camino, el institucional y el democrático. Aunque queda una duda, una aprensión nada baladí:

¿Aceptará Chávez una derrota en las urnas? ¿La acatará si esta se produce? ¿O "reverdecerá", si esto sucede, su golpismo inicial? Los precedentes son preocupantes, desde luego, y sus modos y formas no hacen sino acrecentar la sospecha.


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