04/05/2018 / 18:38
Jesús de Andrés


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ETA

Hace ya algunos años que fue laminada por la labor policial y judicial, acorralada, infiltrada, incapaz de financiarse.


Durante décadas nos acostumbramos a oír estas siglas, formaron parte del paisaje informativo, fueron año tras año una de las mayores preocupaciones de los españoles. Cada vez que un telediario comenzaba con una noticia protagonizada por ellos era para hablar de muerte y destrucción. 829 asesinatos –algunas decenas más si sumamos los cometidos por grupos afines, como los Comandos Autónomos Anticapitalistas y similares–, miles de heridos y víctimas, millones de afectados. Una ideología totalitaria, instalada en el odio, incubada en seminarios y sacristías, que se arrogó el ser la voz del pueblo vasco, la representante del pueblo elegido. Una banda criminal, descendiente de las juventudes del PNV, mesiánica, con un comportamiento y una estructura mafiosas. Una hueste de asesinos.
Hace ya algunos años que fue laminada por la labor policial y judicial, acorralada, infiltrada, incapaz de financiarse. Aunque nunca tuvo la más mínima opción de obtener lo que pretendía, tuvo en jaque durante mucho tiempo al Estado, y sacó lo mejor y lo peor de él. Ahora, prácticamente desaparecida, anuncia en un comunicado su desaparición, como si fuera una decisión magnánima tomada por el bien de todos, fruto de una serena reflexión. La parafernalia siempre se les dio de maravilla a ellos y a sus secuaces. Otra cosa no, pero dominaron a la perfección la mentira, los símbolos y las puestas en escena.
En los últimos días ETA ha hecho públicas dos cartas, dos documentos que pasarán, como todos los suyos, al memorial de la ignominia y la vileza. En el primero de ellos, supuestamente dirigido a pedir perdón a las víctimas (ay, la herencia católica de la culpa y el perdón), en realidad fue un nuevo ejercicio de arrogancia y ceguera. Aparte de su ensoñación mitológica (“las generaciones posteriores al bombardeo de Gernika heredamos aquella violencia”) y de su percepción distorsionada de la realidad (“el sufrimiento imperaba antes de que naciera ETA, y ha continuado después de que abandonara la lucha armada”), destaca su indigencia moral: al final acaban pidiendo perdón sólo a quienes “no tenían una participación directa en el conflicto”. Como bien les recordó Fernando Aramburu, no estaría de más que cogiesen un listado con el nombre de sus asesinados y marcaran a quiénes sí piden perdón y a quiénes no. Más que nada por aclararnos.
En la segunda carta, anuncian su fin, o al menos lo intentan. Dicen en ella que “ETA ha decidido dar por terminados su ciclo histórico y su función”. Su función. Como si la hubieran tenido. Como si asesinar a mil personas fuera una tarea social. Todo ello una redacción lastimera, pedante y primaria. Sorprende que no tengan a nadie que sepa escribir, más cuando se trata de un texto que pretenden que pase a la historia. Pasará a la historia, pero de la indignidad más absoluta.
 


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