09/07/2017 / 12:44
Javier Sanz


Imagenes

Gazpacho

“Yo vengo observando en los últimos años, otra variedad, el ‘gazpacho intelectual’, cuyos ingredientes también varían “


Para estos días es un batido de hortalizas, alimento que no engorda y que deriva de aquel plato de campesinos de la Mancha y Andalucía en el que unos mendruguillos de pan y unos cachos de ajos y cebollas se bautizaban con el aliño de aceite, vinagre y sal. Era un plato más de pobres que de ricos al que en el siglo XIX añadieron tomates de los rojos, pepinos y pimientos, todo rebautizado con un chorro de agua fría. Plato saludable si se tragaba con mesura, llenaba la andorga lo suficiente y se pasaba con el hilo del porrón, lo cual animaba para ir al tajo, la siega o la fragua generalmente. El gazpacho, como toda la cocina, tiene una historia sin límites precisos y en ello se nos van los días y los años, aquilatando teorías que se jalonan con la entrada de los respectivos ingredientes en el país, con las variedades regionales, con las presentaciones y con las literaturas de los escritores extranjeros que cruzaron los Pirineos para estudiar este curioso país de bandoleros.
    El gazpacho es de etimología casi imposible, mira que suena raro. Sebastián de Covarrubias cree que llega de la Toscana como “guazo” y tiene su razón de ser en que es un potaje en cuyo líquido pueden flotar migas o pedazos de pan que se empapan bien. No tengo conocimiento de ningún congreso internacional sobre este plato, pero ya me extraña pues nos movemos en estos asuntos con la misma profesionalidad con la que los alemanes y los americanos lo hacen en los laboratorios científicos. Ya vendrá.
    Yo vengo observando en los últimos años, otra variedad, el “gazpacho intelectual”, cuyos ingredientes también varían, aunque algunos son constantes. En un cuenco como la tapa de los sesos, esto es, como escudilla de medio cráneo –el superior-, se echan antitaurinismo, amor de madre a las mascotas –lo que antes se llamaban el perro o el gato-, alimentación “ecológica” en cooperativa –a base de fruta sin tratar por ningún agente con el que la humanidad se ha librado del drama del cólico miserere-, algunas clases de yoga, aproximación al budismo y comuniones por lo civil, aderezado con un aliño de anti-vacunación y, penúltimo, medicinas de herbolario en infusión para regar la mezcla. Todo ello sin perjuicio de otros ingredientes a gusto como aromaterapia y mucho masaje con aceite mientras se escucha música oriental.
    No es receta de temporada. Se toma poco a poco y durante todo el año pues no es indigesto, sobre todo si se desconocen a fondo los ingredientes. Total, qué más da.
 


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