06/07/2018 / 14:58
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Gravedad cero

Del 18 lo recordaremos como el verano de lo efímero. Efímero fue el gobierno de Rajoy, el trámite de nuestra selección en el Mundial...”


Ya instalada la canícula en nuestras agendas, comienzan los primeros síntomas severos de cansancio, hartazgo y cierto agotamiento. Nuestro año vital, al menos los que nos lo curramos, coincide con el escolar o el universitario, nada qué ver con el natural. Y llegado el mes de julio empezamos  a estar hasta los mismísimos –ignoro si es una expresión machista, pido disculpas por si acaso-. 

El del 18 lo recordaremos como el verano de lo efímero. Efímero fue el gobierno de Rajoy, efímero el trámite de nuestra selección en el Mundial, efímero el periodo de Fernando Hierro como entrenador, efímero Maxím Huerta, efímero lo inmutable y efímero lo permanente. Como la gravedad cero, como esos días en los que ignoras tras levantarte de la cama si has llegado a posar los pies en el suelo. 

La personas somos efímeras en nuestros trabajos, en determinados círculos, entre algunos de nuestros amigos y en otros casos hasta en nuestras familias. Cómo no, si somos efímeros en nuestras propias  vidas.   Esa inquietante levedad del ser, esa gravedad cero, es la que, en una obstinada lucha ante lo inevitable, me obliga a fijar arraigos y asentar tradiciones. Es por un puro estado de supervivencia. Lo mismo me ocurre cuando observo la levedad de mi patria.

Echo de menos en nuestra sociedad la quietud de la lectura frente al vértigo de las redes sociales, leer en horizontal los periódicos en lugar de hacerlo en vertical en una ráfaga de pantallazos, echo de menos la reflexión de la opinión frente al impacto de un titular, la crónica de un buen reportero frente a la correspondiente ocurrencia facilona de cualquier tuitero. 

Me estoy haciendo mayor, eso es inevitable por mucho que algunos padezcan el síndrome de Peter Pan. Y esa madurez me lleva, por un lado, al escepticismo y, por otro, a la resignación.  La deriva nacional condicionada por los que no nos quieren me inquieta y me decepciona sobremanera. La pérdida de determinados valores por mera oportunidad política, me entristece. Los estúpidos modismos respecto a masculinos y o femeninos, me cabrean tanto como el abuso de términos como los de homófobo, racista, fascista o machista. Que quede claro, no padezco ninguna de esas patologías. Digo bien, los hay homófobos, racistas, fascistas y machistas. Pero los que no los somos asistimos atónitos cómo algunos sacan a relucir esos adjetivos cuando, los que conservamos valores, lo tenemos muy claro desde que éramos pequeños porque afortunadamente fuimos educados desde y para la tolerancia. Y porque, al fin y al cabo, todos somos iguales. Bueno, algunos más cretinos que otros. 

Precisamente me refiero a la necesidad de recuperar el respeto a los demás, incluso a los que no somos de izquierdas, o de derechas, todo el mundo sabe que soy de centro –in medium virtus est-. O el respetar  la idea que tengo de mi país, de España, sin que me tilden de rancio. O mantener determinadas tradiciones sin que me confinen a un pretendido apolillamiento social. O ensalzar un tipo de sociedad en la que se defienda la familia y se celebren las bodas, también las que pasan por el altar, con permiso. Yo no quiero una gravedad cero en la que me pueda mover el aleteo de una mariposa. Prefiero tener los pies en el suelo.


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