13/08/2017 / 11:37
Javier Sanz


Imagenes

José Antonio Suárez de Puga

El hombre elegante es sensible a la belleza porque entiende que la naturalidad es la esencia de la elegancia, por ahí va Josepe.


 Y esto que creía definitivamente perdido al caballero español, cuando, de pronto, se me apareció Josepe Suárez de Puga. Era invierno pero dejaba de serlo porque al paisaje sólo se le presta atención el paisanaje anda flojo, también si falla la patria en sí misma, entonces hay que asomarse a un precipicio para quejarse con Unamuno de que te duele el país, aunque a don Miguel lo que le dolía era el hombro, de tanto arrimarlo para nada. España aún tiene remedio mientras la pisen, delicadamente, gentes de su talla y porte, la de Josepe en este caso, mientras estos hombres vayan y vengan, con Miguel Hernández y sin pregonarlo, de su corazón a sus asuntos, que suelen ser también los del prójimo.
    Gasta Suárez de Puga, de cuna, una voz y unos modales a la manera de lo que Honoré de Balzac entendió por elegancia humana -iconizada en George Bryan Brummell-, que no son puras formas sino la presentación del fondo de un hombre de bien, al tanto de sus amigos aunque sepa que no los verá en un lustro, acaso más, quizá nunca. El hombre elegante es sensible a la belleza y por ello no se recarga, porque entiende que la naturalidad es la esencia de la elegancia, por ahí va Josepe. Leyendo estas tardes al francés llegué a pensar que el de Balzac y el de Puga se habían conocido, y habría anotado aquél la impronta de éste para su “Tratado de la vida elegante” pues postula que “existen personas cuya voz armoniosa imprime a su habla un hechizo que se extiende igualmente a los modales. Saben hablar y saben callarse, se ocupan de nosotros con delicadeza, solo tocan temas de conversación convenientes, eligen sus palabras con acierto, su lenguaje es puro… Ni sermonean ni discuten, se complacen conduciendo una conversación, que interrumpen en el  momento oportuno… no nos cansan nunca, y nos dejan satisfechos de ellos y de nosotros. Son personas naturales. En ellos no hay esfuerzo, lujo u ostentación; sus sentimientos se expresan de manera sencilla porque son auténticos”, etc. Es, creo, el alma de Josepe en las líneas corridas de Honoré.
    En la edad que habitamos empezamos a dar la vuelta a las preguntas pues lo obvio o lo conocemos o lo intuimos. Que tenemos al poeta, al escritor, es evidente, pero ¿qué habría sido de esta provincia en el cambio de agujas de siglo sin la presencia de José Antonio Suárez de Puga? Mala cosa. Se habría perdido una cierta aristocracia de un tiempo, el nuestro, al cabo de la calle; la provincia sería una más, funcionarial como otras. Pero no, tenemos la certeza de que su voz, impresa o no, llega donde debe, aun sin proponérselo; de que su palabra es referencia. A la vuelta de la esquina te encuentras con ese hombre diferente que está al tanto de los hombres y las horas y da la mano con la franqueza con que antes se cerraban los tratos. Celebremos que lo tenemos. Lo demás siguen siendo cotidianas sombras, alguna lluvia, un perro que tira del amo con ninguna gana. Un calendario y otro. Mil almanaques planos. Tedio.                 
 


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