03/12/2017 / 12:01
Jesús de Orea


Imagenes

La Alameda seguntina y la Concordia arriacense, el parque de un obispo y de un gobernador

La Alameda le costó al obispo Vejarano exactamente 247.204 reales y 4 maravedíes. El proyecto inicial de la Concordia estaba dotado con 30.000 reales de vellón a los que se sumaron otros 13.500.


Guadalajara y Sigüenza son dos ciudades que, aunque de tamaño y población muy diferentes, llevan mucho tiempo compartiendo río, territorio, provincia y diócesis, algo que, sin duda alguna, ha contribuido a su interrelación y vínculo, más afectivos que lo contrario, aunque desde una perspectiva socio-céntrica y localista pudieran algunos querer ver rivalidades y desafecciones que, entiendo, jamás han pasado de ser una sana envidia de una hacia otra por sus respectivas fortalezas: Ya le gustaría a Guadalajara tener y haber conservado la monumentalidad de Sigüenza y a ésta, sin duda le agradaría tener la población y el status de capital de provincia de aquélla. O no, porque la verdadera grandeza de las urbes no se mide ni por parámetros demográficos ni políticos, aunque sin duda ambos contribuyen a disponer de unas infraestructuras y unos servicios acordes a ellos.
    Por si alguien ha creído verlo en este inicio, dejo bien claro desde el principio que no está en mi intención buscar ni paralelismos ni divergencias entre Guadalajara y Sigüenza porque sería de necios tomar ese camino hacia ninguna parte que es tratar de comparar a dos ciudades y, menos aún, si ambas forman parte de mis más sentidas y sinceras afecciones y aficiones, como es el caso; una por ser mi patria chica, Guadalajara, y la otra, Sigüenza, por sentir especial debilidad y admiración por ella, además de ser cuna y hogar de grandes amigos.
    Si Guadalajara y Sigüenza están unidas por bastantes más cosas que las separan, una de las que les vinculan es el hecho de contar ambas con unos parques -aunque nacieron siendo “paseos”- históricos, emblemáticos y sobresalientes: La Alameda seguntina y la Concordia arriacense, de los que muchas generaciones de sus habitantes vienen disfrutando desde hace ya más de dos siglos, en el primer caso (1804), y de más de siglo y medio en el segundo (1854).
    Los parques son, desde un punto de vista urbanístico, salones urbanos al aire libre y, como señaló en su momento Pedro Bigador, teórico del urbanismo del siglo XIX en el que ambos parques cobraron vida -nunca mejor dicho-, surgieron en las ciudades en esa centuria como uno de los tres ejes urbanísticos que implicaron la ruptura con los modelos urbanos antiguos al introducir la vegetación como un elemento propio del espacio público, algo hasta entonces vedado, o casi, a los jardines de propiedad privada y uso privativo. Los otros dos ejes de ese rupturismo urbanístico que se dio en el XIX fueron la tendencia a suprimir -para expandir- los límites de las ciudades, especialmente las amuralladas -en el caso de Guadalajara esa circunstancia apenas dejó un mínimo rastro de su muralla medieval en apenas unas décadas- y la uniformidad sistemática de los trazados urbanos a través de la realización de unos “planos geométricos” a los que obligó la ley para darles racionalismo, linealidad y mayor coherencia a lo que hasta entonces era bastante anarquía, sinuosidad, incongruencia y, a veces, hasta caos.
    Dos fueron los obispos seguntinos que más influyeron en la renovación y la ampliación de la traza urbana de la ciudad del Doncel a finales del siglo XVIII y primeros años del XIX: Juan Díaz de la Guerra (1777-1801) y su sucesor, Pedro Inocencio Vejarano (1800-1818). El primero ordenó actuar en la amplia zona situada entre la catedral y el río Henares, completando el nuevo barrio de San Roque y erigiendo La Huerta, conocida, precisamente, como “Obra del Obispo”, un gran espacio verde, cuya funcionalidad era ambivalente, al ser un lugar de asueto al tiempo que de cultivo de hortalizas, granos y otras semillas. El segundo prelado concluyó la obra urbanística del primero en esta misma zona y habilitó en ella el Paseo de la Alameda, reconociéndolo así una inscripción datada en 1804 y localizada en el monumental arco que le da entrada: “Para verdadero solaz de los pobres y ornamento de la ciudad construyó a sus expensas, este público paseo Don Pedro Inocencio Vejarano, Obispo y Señor de Sigüenza el año de 1804, reinando el pío y augusto Carlos IV”.
    Del tiempo de la Ilustración, de finales del siglo XVIII, data por tanto el barrio de San Roque, una de las expansiones de Sigüenza que amplió su hasta entonces reducido y amurallado núcleo medieval. Este nuevo barrio, dotado de anchas calles y trazas rectilíneas, está conformado por un conjunto homogéneo de buenas construcciones del barroco civil, todas ellas de dos plantas y con paramentos en sillería de arenisca, que se localiza entre las calles de San Roque, Medina y el propio Paseo de la Alameda. Así describía Pascual Madoz la Alameda, en su famoso Diccionario estadístico e histórico de los pueblos de España, a mediados del siglo XIX: “Unido a la población se encuentra un gran paseo llamado la Alameda, poblado de elevados y copudos olmos, simétricamente plantados, que forman varias y espaciosas calles separadas por vallados de bojes, entremezclados con rosales que le adornan agradablemente”. Esos “elevados y copudos” olmos los arrasó la enfermedad de la grafiosis en el último tercio del siglo XX, debiendo ser arrancados sus tocones, podridos y secos, para ser renovados por otras especies, fundamentalmente tilos, plataneras y liquidámbares.
    Si, por el tiempo en que fue erigido, el paseo de la Alameda seguntino nació a caballo entre la Ilustración y el Neoclasicismo, el arriacense parque de la Concordia, inaugurado en 1854, vio la luz en tiempos del Romanticismo, algo que le va pintiparado, no solo a esta histórica zona verde capitalina, sino a cualquier otra, mínimamente frondosa e inspiradora, pues si hay un entorno idóneo para que fluyan los sentimientos y las sensaciones románticas ese es, sin duda alguna, un paseo, un parque o un jardín añoso y de primera, como son ambos.
    Si de los datos publicados de que disponemos podemos afirmar que la Alameda le costó al obispo Vejarano exactamente 247.204 reales y 4 maravedíes, en las actas del ayuntamiento de Guadalajara se refleja que el proyecto inicial de la Concordia estaba dotado con 30.000 reales de vellón -sin contar las expropiaciones del terreno que hubo que realizar- a los que después se sumaron otros 13.500. Cabe significar que el obispo Vejarano pagó la totalidad de las obras, equipamientos -entre ellas dos artísticas fuentes, una gran portada de piedra y antepecho corrido de sillería y cuatro elegantes pirámides coronadas de granadas- y plantaciones de la Alameda con esos casi 250.000 reales, mientras que con los menos de 50.000 que contó de presupuesto inicial la Concordia no se incluían “fuentes, estanques, dibujo de los jardines y demás adornos que necesita”, según estimó el autor del proyecto, el caballero profesor de la Academia de Ingenieros -entonces llevaba ubicada en la ciudad apenas 21 años-, el capitán Ángel Rodríguez de Quijano y Arroquía. Los reales de plata con los que se pagó la Alameda valían 2,5 veces más que los de vellón con los que se costeó la Concordia, confirmándose con este dato que las actuaciones iniciales en ambos parques fueron de muy diferente envergadura.
    Si fue un obispo quien impulsó el nacimiento de la Alameda seguntina, en el caso de la Concordia arriacense fue un gobernador civil -entonces a este cargo se le denominaba Jefe Superior Político-, José María Jáudenes, cuyo nombre aún sigue presente en el callejero de la ciudad, precisamente nominando a al callejón que une la plaza del Capitán Boixareu Rivera, que circunda completamente el parque, con la travesía de San Roque. Jáudenes, efectivamente, instó al ayuntamiento capitalino a que habilitara esta zona verde pública y la corporación municipal aprobó en febrero de 1854 construir “un paseo en las Heras grandes de la Carrera” porque, efectivamente, hasta seis años antes ese espacio lo ocupaban unas eras de pan trillar, de propiedad privada, que fueron expropiadas ante su desuso como tales y la nueva funcionalidad que se le pretendía dar a ese espacio. Los munícipes hicieron constar en acta que se equiparía ese espacio como un paseo “que por su posesión, desahogo y hermosura a (sic) de embellecer la capital y hacerla digna de su nombre”. Finalmente, en el mismo acuerdo municipal, se aprobó que ese paseo “lleve el título de la Concordia en testimonio de la que felizmente reina en esta Muy Noble y Muy Leal ciudad”. El 13 de junio de 1854 se inauguraba y bendecía, oficial y solemnemente, el “Paseo de La Concordia”, tras realizarse en él trabajos de explanación y enarenado, así como de colocación de bancos y faroles; de gas, por supuesto. Muchas actuaciones le quedaban aún por delante para convertirse en el gran y bien equipado parque que ya lleva mucho tiempo siendo, entre ellas la construcción de su arquitectura más notable: el kiosco de música, cuyo proyecto data de 1914, aunque no se abordó hasta un año después.
    En la imagen que acompaña este texto se reproduce el plano original del “Paseo de la Concordia”, que se custodia en el Archivo Municipal de Guadalajara. Como ya hemos comentado, el proyecto data de 1854 y es obra del entonces capitán de Ingenieros, Ángel Rodríguez de Quijano y Arroquía, quien en su exitosa carrera militar llegaría al empleo de general y el destino de mariscal de campo, ostentando, entre otros cargos, el de director del Museo de Ingenieros. También destacó como geógrafo hasta el punto de presidir la Sociedad Geográfica de Madrid.
 


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