09/09/2017 / 11:25
Jesús Fernández


Imagenes

La ansiedad de la izquierda

a denominación “somos la izquierda” carga de sentido a muchas políticas de los socialistas.


Se nos ha quitado un peso de encima. Ellos mismos se han proclamado como la izquierda, sin más. Somos la izquierda, es el manifiesto adoptado. Desde ahora ya no cabe duda y no hay que disculparse en este país por hablar señalando a la izquierda política. Quieren ostentar la supremacía de la izquierda. Son supremacistas. Tienen miedo a que, en este tráfico o carrera hacia el poder que es la política, otras formaciones puedan adelantarles por la izquierda. Todo el carril es para ellos quedándose con la hegemonía de la izquierda, de toda la izquierda. No permiten a nadie que circule por él o que ocupe su lugar. Son totalitarios. Esta izquierda instalada pero apuntalada, burguesa pero mendicante, retraída pero activa y expansiva tiene prisa por gobernar. Quiere conseguir lo que no le da la soberanía popular por otros medios, por otros atajos.
    Esto plantea o despeja otra duda. Durante años nos habíamos acostumbrado a hablar de una nueva izquierda. De nueva no tiene nada. Es la izquierda primitiva y parasitaria de siempre. La nueva izquierda es una careta. Con dicha denominación  quieren monopolizar y acaparar el descontento de la población creado por ellos. Ya no controlan la indignación o la protesta. También ellos están descontentos con el descontento. El problema no es de mensaje sino de credibilidad. No es que no puedan  hablar, es que nadie les escucha. Son los flecos neomarxistas del socialismo actual que sobrevive en la izquierda. Ahora añaden el discurso de los refugiados. ¿Cómo es posible que exista tanto descontento en una sociedad llena de bienes y servicios, abundante de recursos y hastiada de bienestar? Hay muchas corporaciones que han colgado el letrero en sus edificios dando la Bienvenida a los refugiados. ¿Dónde están los refugiados? Mostradme vuestros  refugiados y yo les daré la Bienvenida. Parecen los refugiados de los demás.
    La denominación “somos la izquierda” carga de sentido a muchas políticas de los socialistas. Se proclaman la izquierda pero no han renunciado al totalitarismo, a las nacionalizaciones, a las intervenciones militares, a la hegemonía armada, al capitalismo de Estado. Una izquierda política en Europa existe desde la Revolución Francesa, pero oscila a una u otra parte según convenga. La izquierda es una pura coreografía en la democracia. Se contemplan como unos elegidos para representar la conciencia obrera o de los pobres. Ellos son los dirigentes burgueses y ricos. Los demás son el rebaño necesitado y obediente. Es la minoría intelectual frente a la mayoría popular o institucional. Los partidos no sirven como plataformas ciudadanas. El pobre nivel cultural de nuestros políticos lo disfrazan de prepotencia y señorío sobre los seguidores o cofrades. La prisa por alcanzar el poder, la ansiedad por disfrutarle o repartirle, la ambición por enriquecerse y la impaciencia por ejercer  el poder son malas consejeras.
 


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