21/07/2018 / 16:51
Javier Sanz


Imagenes

La fragua

La obra (...) quedó ahí, aunque con la duda de si la incuria volvería a habitar de nuevo aquellas salas, limpias después de medio siglo. 


Los números redondos se han acabado convirtiendo en imprescindibles. Son las más de las veces las que ayudan a que nuestro patrimonio no se derrumbe, de ahí que se monten grandes o pequeños fastos para celebrar un aniversario, cuánto más un centenario o centenario y medio, como muestra de la preocupación del establishment por su pueblo y lo que le rodea. De un tiempo acá se han sucedido varios en la catedral de Sigüenza, en la sede de la diócesis, para entendernos. Esta semana se inauguraba una exposición que incluye una muestra de tapices en la Catedral de Sigüenza con ocasión del 850 aniversario de la consagración del templo, no faltando capitostes de toda índole para anunciar el evento.

La ubicación de los tapices que reproducen la peripecia de Rómulo y Remo me ha traído el recuerdo de la colaboración ciudadana anónima hace treinta años largos. Es decir, hace más de tres décadas un grupo de voluntarios, no muy numeroso, echaba las tardes de agosto en aviar la catedral y particularmente procedía al desescombro de la Fragua, reconvertida ahora en sala de exposición de los tapices. No llegábamos a la media docena. Tirábamos de pala y llenábamos camiones y más camiones de escombro, salvábamos moldes de escayola –algunos ya irrecuperables por la humedad- con los que había trabajado Trapero para reconstruir lo perdido durante la salvajada del bombardeo de la basílica, recuperábamos la clavazón de mucha carpintería vieja por si en su día hiciera falta para sustituir la inservible por ésta. En fin, salíamos, cuando se ponía el sol, con los mocos negros, como los mineros. Y sentíamos aquello como obligación, moral, por supuesto. Más allá de este desescombro dimos con dos piezas importantes en la historia seguntina: la llamada bandera del Regimiento provincial de Sigüenza y un magnífico y anónimo descendimiento sobre tela azul de no menos de ocho metros de altura que se exhibió más tarde en el Monumento de Jueves Santo de la parroquia de San Pedro.

La obra, de unos cuantos veranos, quedó ahí, aunque con la duda de si la incuria volvería a habitar de nuevo aquellas salas, limpias después de medio siglo. Treinta años después hemos recordado aquellas tardes, también nos hemos preguntado dónde queda ahora la colaboración ciudadana anónima, más allá de las incontables iniciativas personales de a diario, que son las que salvan este país. Es decir, más allá de militar bajo siglas, de esperar subvenciones, ¿ya no es posible la iniciativa particular con fines altruistas de pequeños proyectos solventes cuyo único fin sea el mantenimiento del patrimonio, incluso el natural, que nos rodea? ¿Necesitamos irremisiblemente el marchamo de la oficialidad? No parece buena cosa mirar con recelo a quien va por libre. Pero es lo que hay.


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