21/04/2018 / 12:24
Jesús de Andrés


Imagenes

La infamia

Un pantano lleno de agua, además de cumplir la función para la que ha sido construido, bien la generación de electricidad, bien la reserva de agua potable, quizá el riego o el trasvase, tiene una belleza insondable.


Vaya por delante que no estoy en contra de los trasvases, al contrario. Al fin y al cabo,  el agua de los ríos llega a nuestras casas y sale por el grifo gracias a un trasvase individualizado, en miniatura. Las obras hidráulicas son necesarias y nos facilitan la vida, generan riqueza y desarrollo. Pero también tienen un coste, unas consecuencias directas sobre su entorno. Bajo las aguas de cada pantano se han perdido pueblos, culturas y tradiciones, paisajes de ribera y hábitats que nunca se recuperarán. Por ello debe exigirse que sean comedidas, estén bien planificadas y tengan una función social. Que si llevan bienestar a zonas alejadas también generen riqueza allí donde se hizo el mayor esfuerzo, que no es otro sino la destrucción de lo que había, un patrimonio acumulado durante siglos.
    Un pantano lleno de agua, además de cumplir la función para la que ha sido construido, bien la generación de electricidad, bien la reserva de agua potable, quizá el riego o el trasvase, tiene una belleza insondable. El paisaje creado, el misterio profundo bajo sus aguas, la fauna alrededor, todo ello forma parte también de la riqueza originada, del pago que recibe quien fue despojado de lo que tenía. Contaba Paco Umbral que acompañado de un poeta amigo se ensimismaron ambos en la contemplación del agua embalsada en la presa de un pantano. “Aquí es donde los ingenieros se mean en los poetas”, dijo su amigo. Ya Marinetti afirmó en su manifiesto futurista, hace más de un siglo, que “un coche de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia”. Como un pantano lleno de agua.
    El problema del trasvase es que se hace sin respeto alguno. No se respeta a quien entregó todo –sus casas, sus tierras, su paisaje, su memoria– a cambio de nada. No se respeta a los municipios ribereños de Entrepeñas y Buendía ni a sus gentes. Se realiza desde la mentira de las cifras mínimas y los porcentajes exiguos de agua embalsada en pantanos que son desiertos de fango seco y cuarteado. Parece mentira que haya que recordar continuamente que el Tajo no es una tubería, que su agua no es un derecho de las zonas receptoras, que no sólo se trasvasa agua sino que se están trasvasando rentas, que es un trasvase de recursos desde zonas pauperizadas a otras más ricas. Cuando la injusticia es evidente, porque se quita a quien no tiene, se genera un agravio. A veces puede ser inducido y falseado –de eso saben bien los nacionalismos– pero cuando es obvio, cuando se agrede a alguien desvalido, por mucho que se intente cubrir bajo unos u otros argumentos, el agravio se convierte en infamia y humillación. Lamentablemente, la pasividad, el servilismo –el gran mal de la política local– y el “y tú más”, harán que esto, como siempre, quede tan sólo en alguna queja ahogada por la indiferencia del resto. Para activar una solución, para multiplicar el número de hectómetros mínimo y que se trasvase agua una vez el pantano esté mínimamente lleno, sería necesario tener el poder que no se tiene, la influencia de la que se carece o llamar colectivamente la atención sobre el problema. Pero llega el buen tiempo y no nos vamos a entretener con estas naderías. Por tierras del Tajo y el Guadiela –polvo, sudor y cieno– no hay nadie que cabalgue.
 


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