05/05/2016 / 10:21
Jorge Gómez


Imagenes

La sonrisa de Zidane

El Real Madrid ya está en la final de la Liga de Campeones. Los de Zidane buscarán la ‘undécima’. Jorge Gómez nos deja su opinión sobre el trabajo del francés y la clasificación del equipo.


 


El Real Madrid es el hambre, el esfuerzo y la determinación de Cristiano Ronaldo, la ilusión de Lucas Vázquez, la elegancia de Luka Modric; la potencia de Gareth Bale, la contundencia de Pepe y la sobriedad de Keylor Navas.

El Real Madrid es un Paseo de la Castellana con 3.000 personas esperando el autobús del equipo para llevarle en volandas a una remontada. Es un Santiago Bernabéu entregado, animando, haciendo temblar los cimientos de la vetusta construcción con cada “Así, así, así gana el Madrid”. Es carácter ganador, es épica y es leyenda.

Pero el Real Madrid también es unas veces suficiencia –incluso arrogancia- y otras tantas un conjunto de egos, de jugadores malcriados jugando a ser semidioses. Es un estadio frío, con ambiente de ópera. Es un modelo de club diseñado para la idolatría del vellocino de oro.

Y es que el club blanco es capaz de dibujar la gloria del Olimpo y encarnar al propio Hades en la puerta de los infiernos. Lo mejor y lo peor del fútbol. He ahí donde reside su grandeza.

En un ecosistema tan particular, tan sólo una personalidad arrolladora escondida en una sobria timidez podría sobrevivir aplicando una fórmula que, sólo por sencilla, asusta por su complicación: la naturalidad. Con la elegancia por bandera, Zinedine Zidane ha conseguido rescatar de la mediocridad a un muerto viviente. Con sencillez, admitiendo errores, escuchando a los jugadores, entendiendo sus problemáticas, ofreciéndoles cariño, pero a la vez exigiéndoles y exigiéndose. Siendo consciente, en todo momento, del reto que tenía enfrente. Asumiendo, en uno de los momentos más delicados de la presidencia de Florentino Pérez, el timón de un barco a la deriva, con seguridad, aplomo y con esa sonrisa cómplice que parece anunciar que todo está bajo control. En definitiva, con la naturalidad que sólo en los más grandes brota de manera espontánea.

El francés ha conseguido colocar al Madrid en una nueva final de Liga de Campeones. Sin alardes, en silencio. Puede que sin mucho brillo y sin el halo de proeza que ha adornado el camino del Atlético de Madrid. Pero está en la final. Y, a decir verdad, el club merengue lleva en su ADN la impronta de los partidos más grandes. Como si el arquitecto del club, hace ya más de 114 años, hubiera diseñado los cimientos de un gran coloso para brillar en lo más alto. Se crece en los momentos de la verdad (no hace falta recordar el palmarés).

Puede que el componente anímico sea, en principio, favorable al Atleti en la cita de Milán por la dificultad del camino o por la entidad de los enemigos derribados. Pero los aficionados colchoneros no deberían olvidar que lo importante no es llegar, sino ganar. Y en las últimas cuatro ocasiones en las que el Real Madrid llegó a la final de la Champions (1998, 2000, 2002 y 2014) resultó ganador, con la naturalidad del que está acostumbrado a vencer en las batallas importantes. Con la misma sencillez del que sabe que volverá siempre para intentarlo de nuevo. Con la tranquilidad de no encontrarse ante una oportunidad histórica, porque la historia se escribe a cada paso, con cada triunfo.

¿De verdad piensan que está todo decidido ya?


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