01/09/2018 / 12:12
Javier Sanz


Imagenes

La tomatina

En la época del hambre subsahariana un pueblo se divierte pintándose de rojo y oliendo a ácido, es el precio de la gloria. 


Entre el Dúo Dinámico y la tomatina de Buñol de anteayer media lo que nuestra historia democrática y un poco más. Acabábamos el verano con una dosis de nostalgia en vena de consecuencias mortales porque tú partías y yo no sabía hasta cuando aquel amor duraría. Manuel de la Calva y Ramón Arcusa, dos trovadores de chaleco, pronosticaban con la misma incertidumbre que Mariano Medina: quizá llueva, éste; quizá ese amor retornará, aquellos. Sin una miserable foto no nos hacíamos idea exacta de cómo era quién acababámos de abrazar cada noche en la Alameda al ritmo de una taquicardia que los libros de Medicina Interna parametraban como mortal.

Hoy termina el verano con las televisiones chinas clavadas en la calle Mayor de Buñol, donde una peregrinación de jóvenes y no tanto se lanzan entre sí ciento cincuenta mil kilos de tomates espachurrados, pues el reglamento advierte de las lesiones que se podrían causar en caso de que el proyectil saliera íntegro. En la época del hambre subsahariana un pueblo se divierte pintándose de rojo y oliendo a ácido, es el precio de la gloria, de dos minutos de telediario. Buñol, como podría ser otro pero es Buñol, está en el mapa al menos durante el último miércoles de agosto y no por un festival de música clásica o un concierto del Dúo Dinámico donde los vecinos sientan que llegó el final del verano y que ese amor, quizá el más auténtico de nuestra biografía, no regresó, aunque alguna vez quizá sintiera el mismo vacío que uno en las tripas del alma.

Un señor que no cumplirá ya los noventa, hijo de la miseria de la guerra, apura su coñac de un trago y deja un titular en el aire como el que no quiere la cosa: “Ciento cincuenta toneladas de tomates por las alcantarillas. Manda cojones”. Y yo, en la mesa de al lado, intentando explicar la tomatina en treinta líneas con el Dúo Dinámico y los amores de estío. Aristóteles, el preciso, le habría invitado al coñac. 


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