26/11/2017 / 12:32
Javier Sanz


Imagenes

Lluvia episcopal

Don Atilano ha mandado hacer rogativas a su párrocos rurales para que convoquen a las nubes marengo.


Quizá vivamos tiempos bíblicos, de grandes sequías y plagas que nos llevan al recogimiento y al rezo (Junqueras anda en lo uno y en lo otro, en el talego y en el rosario), quizá no sea sino una etapa pasajera, como la del 95, que no dejó más que raspas en el fondo de los pantanos, Entrepeñas del cuaternario; quizá sea verdad lo del cambio climático que negaba el primo de Rajoy, acaso la conjura de los dioses. O sea, que no llueve desde hace un año y los cuerpos empiezan a resentirse con los mismos dolores de cuando había musgo en los portales. La medicina también en crisis y vuelta a Hipócrates. Hemos caído en la casilla 58 de la Oca, y a empezar.
    Las chicas del tiempo visten luto cada noche, como Irene Papas en Atienza cuando “Las Troyanas”, los perros alzan la pata en las farolas dejando un jarabe que las corroe por la base, a las moscas se les ha puesto pelo blanco de beatas de tanto vivir y los árboles visten de Tous cuando deberían lucir sus copas de pulmones de tísico. Vamos, que no estrenamos la gabardina del Black Friday ni para celebrar la danza de la lluvia alrededor de un tótem de palo colorado con ojos de búho y dientes de yegua.
    Hace un año ya que los agentes de seguros del agro visten como espías y sólo salen de noche pues aun contratando al triple, palman. El acero de los aperos de labranza es más inoxidable que nunca y los agricultores gastan patas de gallo de tanto mirar a la torre de la iglesia por si se moviera la veleta. Es tal el silencio que los niños del 2016 se asustarán con el ruido del primer trueno como la bella durmiente cuando se pinchó con el huso. Sacarán los abuelos a los nietos cuando llueva, porque lloverá, para explicarles lo que es la lluvia y de dónde cae, y mirarán por encima de la bufanda con la expectación con que mirábamos a Pinito del Oro en el trapecio, y los aprendices de escritor se colgarán de Borges para narrar el fenómeno que fue normal y ahora mágico, en su desaparición y reaparición.     
    Y mientras llega esto, don Atilano ha mandado hacer rogativas a sus párrocos rurales para que convoquen a las nubes marengo y les pinchen en la barriga con un canto herido como una saeta. Siempre es una solución. Aun en lo profano se implora que llueva a la virgen de la Cueva, y llueve, como recuerda esa lápida del santuario de Barbatona que salvaron la cosecha tantos pueblos, desde Torremocha hasta Sigüenza, capital de la diócesis al fin y cabo. Lloverá como cada vez que se sacaron los santos cuando cambiaba el aire, y así consta en las actas capitulares escritas con tinta de carbón. Lloverá a cántaros como en la Transición con Pablo Guerrero. Lloverá. Pero el obispo debería esperar a tocar generala, como aquel cura de pueblo, cauto, al que le fueron a pedir el santo: “Si queréis, sacarlo, pero no está para llover.”        
 


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