08/04/2018 / 10:56
Jesús Orea


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López de los Mozos, etnólogo, historiador, bibliógrafo y poeta

En estas líneas voy a intentar resumir los principales hitos de la importante y amplia obra que López de los Mozos nos ha dejado y de la que, por cierto, ha quedado singular huella en Nueva Alcarria.


A los quince días de la calenda del tercer mes del año, al cumplirse las ocho jornadas de la nona de esta mensualidad dedicada por los romanos a Marte, su dios de la guerra, y justo en la fecha de los renombrados idus de marzo, teórico tiempo de buenos augurios que no se han cumplido en esta ocasión, el etnólogo, historiador, bibliógrafo, bibliófilo, poeta y muchas cosas más que han de quedar en el tintero por economía de espacio, José Ramón López de los Mozos, falleció en Madrid, a la edad de 67 años. Ha muerto cuando aún le quedaban muchos momentos de disfrute con su familia y amigos, entre los que me precio encontrarme, y todavía nos restaba a todos bastante tiempo para disfrutar de su bonhomía, pero, especialmente, de su gran sabiduría y talento. No es una norma general, pero sí una circunstancia que con frecuencia se repite, el hecho de que los mejores se vayan mucho tiempo antes de lo que sería previsible y deseable, en razón de la biología, aunque bien es cierto que, a todos los hombres, pero sobre todo a ellos, hay que medirles su paso por la vida por sus biografías. El gran Ortega y Gasset lo dejó muy bien pensado y dicho: “El hombre, más que biología, es biografía”.
    Cuando escribo este Guardilón de abril, hace apenas unas horas que nos hemos despedido de José Ramón –con un hasta luego, un hasta siempre, pero jamás un adiós– y todavía tengo el alma encogida por su marcha porque ha sido tanta la huella e impronta que ha dejado en la cultura de Guadalajara, en general, y en mi propia biografía, en particular, que, aunque pase el tiempo y la distancia mitigue el dolor y enfríe los sentimientos, seguirá estando entre nosotros. A pesar de que suene a tópico de pésame aliviador de dolores de luto aún en carne viva, verdad es que nadie muere del todo mientras se le recuerda.
    Con intención de reconocimiento y agradecimiento, pero con ánimo de contribuir a ampliar el conocimiento de su gran labor y propiciar su recuerdo escribo estas líneas en las que voy a intentar resumir los principales hitos de la importante y amplia obra que López de los Mozos nos ha dejado y de la que, por cierto, ha quedado singular huella en estas páginas de Nueva Alcarria, periódico del que fue un destacado colaborador durante mucho tiempo, sobre todo dedicado a la difusión y crítica de libros. Precisamente, una de las grandes aportaciones que ha hecho a la cultura de Guadalajara fue su magnífico trabajo en el campo de la bibliografía pues era un bibliófilo empedernido. “José Ramón López de los Libros” le ha llamado, de forma ocurrente y expresiva, el prolífico escritor, Juan Pablo Mañueco, en esta hora de su despedida.
    En el amplio campo bibliográfico, cuatro han sido las principales aportaciones de José Ramón: Su decisiva tarea para el nacimiento, puesta en marcha y consolidación de la Biblioteca de Investigadores de la Provincia de Guadalajara, que gestiona la Diputación Provincial, institución de la que fue funcionario entre 1979 y 2014; las relaciones bibliográficas de y sobre Guadalajara que periódicamente elaboraba y difundía en publicaciones especializadas; las numerosas críticas de libros, especialmente de temática y/o autores provinciales, que realizó, muchas de ellas publicadas en este periódico como ya ha quedado dicho, y, por supuesto, su propia y fecunda producción de libros, ensayos y artículos, fundamentalmente de materia etnológica, su gran especialidad. Una cifra rotunda evidencia su ingente tarea como investigador y escritor; en la base de datos de la propia Biblioteca de Investigadores que él tanto contribuyó a crear y consolidar, hay 213 referencias suyas. Sus primeros libros datan de 1976 y se titulaban Miscelánea de folklore provincial de Guadalajara y Guadalajara y su folklore, pero su obra más conocida y reeditada es Fiestas tradicionales de Guadalajara, cuya primera edición salió a la calle en 2000, si bien ya en 1986 había anticipado esta obra con otra titulada Folklore tradicional de Guadalajara (Fiestas declaradas de interés turístico provincial).
    Cabe señalar que, precisamente fue él, como técnico del servicio de Cultura de la Diputación, quien realizó los informes para declarar la primera y más importante relación de fiestas de interés turístico de la provincia, contribuyendo así al conocimiento de todas, a la preservación de no pocas de ellas y hasta a la recuperación de algunas.
    Aunque la etnografía fue su gran campo de acción –y la creación de los Cuadernos de Etnología de Guadalajara, probablemente, su gran aportación en este área, al tiempo que sus estudios sobre las botargas–, José Ramón también cultivó otros terrenos del conocimiento, especialmente la historia y el arte y, de manera muy señalada en los últimos tiempos, la toponimia, esa ciencia lingüística que, como afirmó el veterano académico de la RAE, Francisco Rodríguez Adrados, es fronteriza con otros campos como la historia, la política, la geografía, la topografía, la botánica y el resto de ciencias naturales. En el ámbito de los estudios toponímicos, José Ramón trabajó codo con codo con otro gran especialista guadalajareño, con raíces seguntinas en Riosalido, José Antonio Ranz Yubero. Numerosas fueron las obras firmadas conjuntamente por ambos, tanto referidas a toponimia mayor como menor. Otro campo de alta especialización en el que López de los Mozos destacó y llegó a ser todo un referente a nivel nacional, fue en el del estudio de las estelas discoideas, monumentos funerarios en piedra, formados por un disco y un pie que, clavados sobre la tumba, se erigían en recuerdo de un difunto y que, después, en numerosas ocasiones eran reutilizados e implementados en muros de edificios, generalmente iglesias.
    De su importante labor como historiador queda también reflejo en bastantes publicaciones, especialmente en Wad-al-Hayara, la gran revista de estudios históricos de la Diputación Provincial, cuyo primer número data de 1974 y en el que, entre los seis pioneros artículos que se publicaron en él, ya hay precisamente uno suyo: Datos curiosos para la historia de Lupiana. José Ramón publicó habitualmente y con regularidad trabajos en esta prestigiosa revista, al tiempo que, hasta su jubilación profesional en 2014, fue coordinador del comité de redacción de los antes citados Cuadernos de Etnología de Guadalajara, desde su número “0”, que vio la luz en 1986. De esta publicación etnográfica acaba de presentarse el número 49, en formato digital dado el signo de los tiempos, reemplazando José Antonio Alonso a López de los Mozos en las tareas de coordinación.
    Pero la labor de José Ramón en el amplio campo de la historia no se ciñó solo a su trabajo en Wad al Hayara, sino que dejó también su impronta en los Encuentros de Historiadores del Valle del Henares –en 2016 se celebró el XV–, de cuyo comité ejecutivo era secretario y representante en él de la Diputación de Guadalajara, entidad coorganizadora de los mismos junto con la Institución de Estudios Complutenses, de Alcalá, y el Centro de Estudios Seguntinos, de Sigüenza. López de los Mozos, por otra parte, fue Cronista Oficial de Maranchón, localidad molinesa a la que estaba muy vinculado y en la que tenía vivienda propia donde albergaba una parte importante de su amplia colección bibliográfica particular. Finalmente, en el momento de su fallecimiento, era presidente de la Asociación de Amigos del Museo de Guadalajara.
    Fue tal el polifacetismo creador de José Ramón que no solo nos ha dejado un amplio y valioso legado en el campo del estudio, la investigación y la difusión, especialmente en los ámbitos de la etnología, la historia, el arte, la bibliografía y la toponimia, sino que también exploró otros caminos de expresión, como es el de la poesía, siendo uno de los miembros del recordado grupo literario alcarreño Enjambre y un habitual recitador en los Versos a medianoche, tanto en su versión original en Pastrana, como en la que en los últimos años se convoca mediado julio en Guadalajara a las puertas de la iglesia del Carmen.
    No debo concluir este artículo, porque seguro que él me lo censuraría, sin hacer mención a su pertenencia a las dos cofradías más antiguas de la ciudad: la de los Apóstoles –de la que fue titular del rostro de San Bernabé al tiempo que secretario hasta su renuncia voluntaria por razones de salud, en junio de 2017, y cuyos hermanos portamos solemnemente a hombros su féretro en su funeral en San Ginés–, y la de la Soledad.
    Con José Ramón se nos ha ido un hombre bueno, estudioso y sabio que ha contribuido, decisivamente, al estudio y conocimiento de numerosos aspectos de la provincia de Guadalajara, especialmente en los ámbitos reiteradamente ya señalados de la etnología, la historia y el arte, y cuya pasión bibliográfica y bibliofilia constituyen un impagable legado en sí mismas pues, como decía la canción de Aute y Munárriz, todo está en los libros. Y López de los Mozos nos ha ayudado a conocer y a querer más y mejor Guadalajara a través de ellos. Como bien dijo en su funeral el vicario general de la Diócesis, Agustín Bugeda, José Ramón no ha muerto, reposa.
 


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