04/11/2017 / 12:52
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Made in USA

Y por calabazas sólo conocíamos las de los suspensos, las que nos daban nuestras pretendidas y a doña Ruperta, la del concurso televisivo ‘Un, dos tres'.


Recuerdo cómo, cuando éramos chavales, mirábamos con la curiosidad de un filatélico las etiquetas de los productos que manejábamos. Bien fueran juguetes, ropa o pequeños electrodomésticos. Lo que molaba es que fueran Made in USA. Eso les daba caché, categoría, y fardábamos orgullosos cuando su fabricación era norteamericana. Ni que decir tiene que por entonces no recuerdo ni un Made in China, como ahora, y los Made in Spain, sin llegar a avergonzarnos, se quedaban en mera comparsa. Lo fetén era Made in USA.
    No sé si aquello fue un caldo de cultivo para que nuestros hijos, de otra forma, hayan importado esa admiración yanqui convertida ahora en determinadas celebraciones. Como la reciente de Halloween. Les aseguro que en nuestra niñez ni ustedes ni yo conocíamos esa fiesta entre frívola y esperpéntica por la que hoy los pequeñajos se “mueren”, como diría Matías Prats. Y por calabazas sólo conocíamos las de los suspensos, las que nos daban nuestras pretendidas y a doña Ruperta, la del concurso televisivo Un, dos tres.
    Al albur del dinero y de los legítimos interés de los centros comerciales, como no podía ser de otra manera, cuajan como la nieve importaciones de festividades que nada o poco tienen que ver con la tradición española. El de todos los Santos en nuestro país era una peregrinación a los cementerios para honrar y recordar a los difuntos. Flores, miles de flores ornamentaban las tumbas para al menos, por un día, colorear el gris de los mármoles. En la actualidad, esa costumbre practicada por los mayores se alterna con la diversión de los pequeños para jugar con la de la guadaña. No digo que sea mal planteamiento, el humor negro español es una referencia autóctona gracias, entre otros, al genial Chumy Chumez, lo que me refiero es que importar a lo bestia un Made in USA para nuestros queridos difuntos es como echar kétchup a una buena nécora.
    Supongo que son las reglas del mercado, empezamos por los vaqueros, sus jeans, y terminamos con los personajes de Tim Burton para sustituir al mejor arte funerario español. Tengo un buen amigo, de mi edad, que viste como mi abuelo. Inconcebible verle con unos Levis Strauss. Lo suyo es el tergal. Lo más, unas Ray Ban importadas del imperio. Me quedo con mi amigo, icono español sin menospreciar algún motivo del desarrollo norteamericano. Un poquito de Made in USA no está mal, pero no convertirnos en un Estado asociado tipo Puerto Rico.
    Una cosa es aprovechar el talento de Mr. Marshall y otra perder nuestra identidad a costa de los que luego se la trae al pairo. A este paso las cofradías de Semana Santa van a estar patrocinadas -¿esponsorizadas?- por McDonald’s. Entiendo que nuestro mundo global nos permite compartir lo mejor de los demás. Pero eso no implica el ceder necesariamente nuestra propia identidad. Propongo a los de mi generación y a la siguiente imbuir a nuestro hijos de nuestra propia cultura, formada en buena parte por las costumbres y la tradición. No vaya a ser que cuando un hijo o nieto nuestro vaya al Erasmus le confundan con uno de Connecticut. Y que los toros no son búfalos, oiga.


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