11/02/2018 / 12:28
Javier Sanz


Imagenes

Manolo Blahnik

Hace mucho frío y el personal ha montado una cola de Jesús de Medinaceli para adorar zapatos. Cada uno de ellos es una joya, una lección de arte y diseño.


Hace frío, mucho frío, pero la cola llega hasta el Retiro, quién lo diría. Resulta que el personal se pasma por ver una exposición de zapatos a la puerta de un Museo nacional, donde han limpiado cuatro salas para exponer cien prototipos. Hace cuatro décadas, salvo los pies del médico, el cura y el maestro, no pisaban las calles de media España más que pares de albarcas, que más que pisar se arrastraban en un silencio recauchutado que era el lamento mudo de un país en blanco y negro. No entraba el color ni para dios, si acaso en Torremolinos, pero el español era el extra vestido de camarero. En los colegios se calzaban “gorilas” diseñados en fábricas de armamento que tenían tres pases en otros tres hermanos de pies crecederos mientras los de la comunión eran patrimonio familiar hasta tercer grado, iban y venían entre primos, guardados con una mano de kanfort blanco después de la foto. El contento, machihembrado por el refranero, era un chico con zapatos nuevos, sin traducción en Europa, que estaba a otra cosa, al intercambio de elepés de los Beatles.
    Hace mucho frío y el personal ha montado una cola de Jesús de Medinaceli para adorar zapatos, cada uno una joya, una lección de arte y diseño de un canario solterón que solo podía soñar la exquisitez donde no hubiera tricornios que por orden detuvieran a los poetas. España es hoy afortunadamente la cola del museo que acoge una exposición de zapatos de lujo soñados por las mujeres como los varones lo hacen con un buga del Gran Gatsby. No hay para todas, pero soñar con meter los pies en unos manolos es de por sí una aspiración europea, de clase y libertad, es ir a ver “El hilo invisible” y aspirar a que te tome medidas un sastre como Daniel Day-Lewis lo hace con Vicky Krieps. Manolo Blahnik se ha aparecido muy cerca de la casa de Baroja en satén mortal y con overbooking en un museo nacional, a cien metros del Prado, donde le habría levantado los chapines a la duquesa de Alba.
    Las albarcas ya son cosa de Atapuerca, como la gamuza vileda de Puigdemont. España está a otra cosa, con otro ritmo, mamando leches de mil madres que sueñan con que Manolo les pruebe un par de los suyos, como a Cenicienta. La cola del otro domingo por la mañana, junto al Retiro y bajo cero, es la Eurospaña en la que ya solo desafina un gato capao que anda de vacaciones por Bruselas.    
 


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