29/12/2017 / 11:54
Marta Velasco


Imagenes

Navidades en Sigüenza

En esa Navidad, mirábamos por la noche el puro cielo seguntino, cuajado de estrellas, esperando ver la de los Reyes Magos.


Dylan Thomas, en su largo poema Navidad de un niño en Gales, explica: “Quiero decir que las campanillas/que los niños podían oír/ estaban dentro de ellos”.
Las navidades eran campanillas, alegría, mi padre tocando el piano, primos que corrían por el pasillo, el belén, los manteles blancos, varias mesas y muchos platos y copas. Las navidades eran nieve en la calle, hielo en el pilón del jardín y estrellas de escarcha en los cristales de la galería; eran las ramas de pino con las que mi madre decoraba las puertas, el brasero en el desván y toda la cocina perfumada de chocolate y castañas en anís a la hora de merendar. Eran zambombas y una tremenda rondalla en la escalera, eran el abuelo y mis tíos bromeando y mis tías preparando natillas en la cocina. Eran la abuelita Eloísa contando historias en el piso de la calle Guadalajara y la tía Marisa que volvía de París diciendo Oh la lá…
    Era el olor a chimenea en la Alameda nevada, la hoguera para asar patatas en la Huerta, el sol brillante y el frío sobrecogedor; eran mis tías, que nos mimaban y nos daban pan con mantequilla de Soria. Era la carta a los Reyes Magos, escrita en el despacho pequeño con mucho cuidado, adornada después con lápices de colores. Con tanto soñar en los regalos y todavía dudando si pedir una gallina que ponía huevos y cacareaba o una Mariquita Pérez.
 Navidad era la misa del gallo y el atronador tañido de las campanas de las Iglesias. “Parecía – Dice Dylan Thomas – que todas las iglesias/estallaban de alegría bajo mi ventana/y los gallos de las giraldas/cantaban a la Navidad en nuestra cerca”.
     En esa Navidad, mirábamos por la noche el puro cielo seguntino, cuajado de estrellas, esperando ver la de los Reyes Magos, la más brillante que he visto jamás, que nos acercaba a nuestros secretos deseos.  Y, cuando por fin aparecía, poníamos las bandejas para Reyes y Pajes, con turrones, lazos, copas de licor y granos de trigo para los camellos frente a los balcones… y nos íbamos pronto a la cama, donde pasaban las horas sin poder dormir por culpa de tanta ilusión.
    Era, pues una Navidad de la niñez, de oro, incienso y mirra, de Niño Jesús, Reyes Magos, ángeles y villancicos. Una Navidad de niña afortunada, con toda la familia alrededor.  Una dulce Navidad, oliendo a piñas y castañas, con el belén contra un cielo estrellado, el Niño en el pesebre, los padres en muda contemplación, un río de papel de plata bordeado de musgo y Herodes en el exilio de las afueras por malo. Era una feliz Navidad.
    Leo el poema de Dylan Thomas y me extraña nuestra cercanía navideña, él en Gales y yo en Sigüenza, incluso sus tías eran cariñosas y pequeñas, como las mías.
     Dice: “pienso que las campanillas que los niños podían oír estaban dentro de ellos”. Hay ahora tantos niños en guerras, enfermos, con hambre y frío. Hay tantos inocentes en peligro, que le pido al Jesús de mi belén seguntino que esos niños tengan campanillas dentro de ellos, como dice el poeta, porque, desgraciadamente, en esta Navidad y para nuestra vergüenza, será lo único que tengan.
 


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