04/11/2017 / 12:55
Marta Velasco


Imagenes

Paz

He ido esta semana al cementerio de Madrid, y aquello es un mundo.


Hace calor, demasiado calor para noviembre, que llega disfrazado de veranillo y adornado de fiestas fúnebres de santos y difuntos. A mí los santos me gustan, con su corona y esa aura azulada de bondad, todo el día haciendo milagros y prodigios, algunos con unas vidas muy extravagantes. Y en cuanto a los difuntos, a esta edad ya tengo en ese ambiente muchos conocimientos, personas muy queridas y ausencias muy añoradas.
    He ido esta semana al cementerio de Madrid, y aquello es un mundo. Nos han robado la cruz, porque era de bronce, bueno, se la habían robado a toda la fila. Parece que el bronce tiene muy buena venta… En fin, que a lo mejor los ladrones la necesitaban más que nuestros muertos, que no tienen gastos y están descansando en paz, pero no deja de ser una falta de respeto y de deportividad.
    Una piensa siempre en sus muertos vivos, sanos, hablando de esto o de aquello, ocupados en sus cosas, riéndose y teniendo amigos.  Lo que pasa es que casi todo lo que dicen y lo que hacen ellos, los Silenciosos, es justamente lo que nos gustaría que hicieran y dijeran. Mitificamos a nuestros muertos más queridos y, mientras los lloramos y los recordamos, los vamos usurpando y convirtiéndolos a nuestra fe. Ellos son ese dolor crónico con el que nos encontramos cada noche.  Luego, según transcurre la vida, acaban siendo los que nos acompañan sin cambios, nos escuchan sin preguntar, nos dan la razón y nunca disgustos. Están en nuestros genes y en nuestra memoria y por ellos es tan bonito vivir, por el amor que nos dieron.
    Muchos de mis muertos yacen en el cementerio de Sigüenza, entre oscuros cipreses y, cuando no hay tanta gente y tantas flores, se pueden oír los ruidos del pinar y los otoñales trinos de los pájaros en los días soleados de noviembre. La tierra de nuestro cementerio es roja intensa, el aire huele a pino y a maderas de Oriente, por la mañana parece como si Dios hubiera regado con rocío y al caer la tarde se oyen las campanas de la catedral. Lo cierto es que, siendo el asunto de la muerte un trámite inexcusable, el cementerio de Sigüenza no es mal sitio para descansar en paz. Ahora yo paseo por allí y me voy acercando a la muerte de una forma mucho más natural y más humana, al fin y al cabo, la muerte es sólo la consecuencia de la vida, ese regalo sensacional que todos los que están ahí ya han disfrutado.
    Pero la paz a la que aspiramos los vivos no es la que se respira en el cementerio. La paz es un ingrediente imprescindible para la vida y para el desarrollo de los pueblos. Y esa Paz, ese derecho a vivir tranquilos y libres, a tener hijos, a aprender, a prosperar y a rezar a nuestros muertos, esa Paz que todo hombre desea, es la que se rifa en España por una lucha de poder y de dinero.


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