09/10/2017 / 13:20
Jesús Fernández


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Política desregulada

Hay muchos ciudadanos que rechazan la democracia regulada, representativa, parlamentaria.


La sociedad global, el conjunto de ciudadanos, los partidos políticos,  ya no se dividen en   demócratas y no demócratas. Todos somos demócratas. La división podría ser ahora entre los que obedecen a las leyes y entre los que las incumplen. Así de sencillo. Muchos ciudadanos piensan que es mejor vivir al margen de cualquier regulación, leyes o limitación. Y sin embargo, sin leyes no hay democracia. ¿Por qué es esto hoy así? ¿Por qué hay tantos jóvenes críticos con esta determinación? ¿Por qué se está perdiendo el respeto y la obediencia a las leyes? Estamos ante una síntesis absurda. ¿Cómo es posible que una conciencia, que se siente demócrata, sea capaz de pisotear, despreciar y no cumplir las leyes que él mismo y los suyos se han dado?
    Hay muchos ciudadanos que rechazan la democracia regulada, representativa, parlamentaria. Sin embargo, se presentan a ella pues cada elección supone una ilusión más de alcanzar algún día sus objetivos utópicos que dejan de serlo cuando les alcanzan. El poder, el mandato, el disfrute de la buena vida, la riqueza, es un placer para el que llevan muchos años salivando, esperando. Y se pasa el tiempo y no llegan al poder o el poder no llega a ellos. Entonces emprenden el camino de la desesperación, de la rebelión, de la desobediencia. Y cuando la comunidad se lo recuerda y exige, persiste en su trasgresión y rebeldía.

Comienza a hablarse, entre nosotros,  de una democracia sin pueblo. Cada cierto tiempo, el pueblo es llamado a pronunciarse, a elecciones, donde se encomienda a unos ciudadanos que representen la voluntad popular. Los así elegidos se olvidan de su mandato, de su condición o vinculación al pueblo y deciden, según sus deseos y ambiciones particulares. Estamos en una democracia de principiantes pero sin principios. Existen muchas instituciones que son elegidas sin participación del pueblo y que obedecen sólo a las reglas del  reparto del poder entre ellos, entre los protagonistas o profesionales de la industria del poder.
    Nuestra democracia está dirigida por los grupos de presión y no por el pueblo. “Lobbys” económicos, culturales, lingüísticos, territoriales, confesionales. Los  ciudadanos permanecen lejos, apartados, como vallados. Nuestras leyes no son escritas por los representantes del pueblo sino por los grupos de presión, por los intereses de diferentes colectivos que se apropian la representación que no tienen. Los políticos se dedican a blanquear dichas iniciativas. A veces resulta difícil el consensuar intereses. Hablamos de la soberanía popular y los representantes de dicho pueblo no son libres ni soberanos. ¿A dónde nos conduce esta democracia sin rumbo, sin leyes, sin pueblo?  


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