13/04/2017 / 11:57
Luis Monje Ciruelo


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Procesiones

Y no quiero hablar de la Semana Santa en mi pueblo, que viví durante la guerra, porque algunos dirían que lo de hoy son otros tiempos...


En mi juventud había en Semana Santa dos clases de procesiones: las de cofradías y hermandades parroquiales y las de la oruga procesionaria, que, más o menos en los comienzos primaverales, cambiaba de ninfa a crisálida, y para ello las orugas salían en fila correctamente, moviéndose una detrás de otra, casi tocándose, para pasar a otro pino o a enterrarse en espera de mejor tiempo para transformarse.  Ahora, en cambio, en Semana Santa hay una nueva clase de procesiones: la de los coches, aprovechando el puente para ir al mar o la montaña, y todos casi a la vez, procesión que duplica a las de las otras dos juntas: no hay más que saber que la DGT calcula, no sé si a ojo, en unos 15 millones los coches que salen a las carreteras, no para cruzarlas, como la oruga, sino para circular por ellas, con tal inconsciencia o atolodramiento en muchos casos, que arrojan, entre ida y regreso un aterrador balance de víctimas, porque aterrador es que se cuenten por centenares, aunque, porcentualmente, sea mínimo su número. Pero a la familia que le toca, el balance es insoportable, aunque sólo sea porque esas víctimas han muerto por nada.  Y han muerto sufriendo atascos y retenciones, que les restan horas a las de las vacaciones.
    Desde la serenidad de mis muchos años y la sensatez de quien siempre ha huido de esas aglomeraciones mecánicas, casi podría decirse automáticas o de robot, que hace lo que la sociedad le ha programado, contemplo, digo esa especie de emigración, aunque nosotros lo hagamos por equinocios y solsticios, y no como la de Mahoma desde la Meca a Medina en el siglo VI  que los musulmanes repiten una vez en la vida siguiendo ciclos lunares. Y no quiero hablar de la Semana Santa en mi pueblo, que viví durante la guerra, porque algunos dirían que lo de hoy son otros tiempos, y no como aquéllos, que quizá alguno crean de la Prehistoria, cuando la religión se respetaba, lo mismo que la fe heredada y no discutida porque era la de nuestros mayores. Entonces había un cura para cada parroquia, y no como ahora, por falta de vocaciones, que se agrupan en Unidades de Apostolado Cristiano, obligados a ir de parroquia en parroquia, corriendo, para poder ofrecer a todos los actos litúrgicos de Semana Santa. En Palazuelos, se sumaban a la procesión a la ermita de la Soledad los fieles de Ures, a dos kilómetros, sin cura, encendiendo hogueras,y escuchando en el silencio, los motetes que cantaban las jóvenes del pueblo.
 


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