25/02/2018 / 13:16
Jesús de Andrés


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Progreso

Los datos indican claramente que la humanidad va a mejor.


Se produce en nuestros días una curiosa paradoja. Las encuestas, que tan sólo reflejan la opinión de la gente en un momento concreto, nos dicen que la mayoría considera que las cosas van mal, que el mundo empeora, que hace años se vivía mejor. Aquellas que más allá de cuestiones coyunturales ponen la mirada en el medio o largo plazo reflejan un pesimismo crónico. Sin embargo, los datos indican claramente que la humanidad va a mejor, que en la mayor parte de los parámetros que analicemos venimos experimentando una mejoría constante, con ligeros retrocesos, bien es cierto, pero siempre adelante.
    Afortunadamente hay menos conflictos bélicos que nunca, vivimos en la etapa más próspera y pacífica de la historia de la humanidad. No lo digo yo, lo dicen los datos. Lo recogió magníficamente Steven Pinker en uno de sus libros, Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones. Otro autor que ha analizado a fondo esta paradoja es Johan Norberg, quien en Progreso, 10 razones para mirar al futuro con optimismo, analiza otros tantos parámetros haciendo un recorrido por su evolución a lo largo de las últimas décadas. La alimentación ha mejorado en cantidad y calidad; el saneamiento otro tanto de lo mismo; la esperanza de vida se ha multiplicado; la pobreza se ha reducido notablemente; la violencia también; qué decir del analfabetismo; la libertad y la igualdad se han incrementado; e incluso la salud del medio ambiente es mejor que hace unos años. A bote pronto, alguien puede discutir, intuitivamente, que no todo es a mejor, o que en los últimos años, desde la crisis, la situación en general ha ido a peor, pero los datos –la realidad– son tozudos: en líneas generales mejoramos. El pesimismo sigue teniendo razones, pero la humanidad no está en un escenario catastrófico ni involucionista. No tienen razón quienes comparan el momento actual con el de hace unos años. No es cierto que entonces hubiera una mejor educación o mayor libertad, no es verdad que se viviera mejor. Éramos más jóvenes, eso es indudable, pero los datos en renta, educación, longevidad, igualdad de género, mortalidad infantil y otros tantos aspectos son hoy mejores que nunca.
    ¿Por qué entonces ese pesimismo, esa queja constante, esa nostalgia recurrente por un pasado idealizado? Las razones son varias. En primer lugar, el exceso de información –nunca habíamos estado tan informados– dimensiona cualquier catástrofe, cualquier noticia negativa, cualquier conflicto, dando la sensación de que se multiplica su número, lo cual no es cierto. En segundo lugar, el populismo y las opciones reaccionarias se alimentan de ello. El pesimismo que considera que todo va mal, que vamos derechos al caos, que todo es un desastre, engorda al populismo más zafio, tanto de izquierdas como de derechas. Queda mucho por hacer, quedan grandes desafíos que tienen que ver con la igualdad, con la pobreza aún existente y otros problemas sin resolver. Pese a ello, sin bajar la guardia, la humanidad va mejor que nunca.


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