30/07/2017 / 15:01
Emilio Fernández Galiano


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Suerte

Los hay que justifican que la suerte, la buena, hay que buscarla. De igual modo pienso que otros se empeñan en encontrar a la mala.


Hay que advertir que el término suerte, aunque a veces nos parezca, en sí mismo,  un concepto que implica gracia, fortuna o alegría, en sí mismo, digo, refleja sólo una causalidad. Que sea buena o mala determinará su sentido y nos despejará de equívocos inútiles. A Lagartijo le molestaba que sus peones le desearan el clásico “suerte, maestro”. “Buena o mala, cojones”, contestaba el de Córdoba. Hay gente que en su vida ha tenido mucha suerte, pero mala. Personas con las que la desgracia se ha ensañado. Conozco un caso singular. Una mujer joven, guapa y universitaria. Su padre muere víctima de un atraco a un supermercado, y encima intentado atrapar a los ladrones. Tras el fatídico suceso su madre entra en depresión y una mala mañana se la encuentran sin vida en la soledad de su cama y en compañía de sus ansiolíticos. El hermano de mi conocida murió en un accidente de aviación, de los pocos que hay. Se me ha olvidado anotar que en esta travesía mueren una abuela, un tío y un cuñado, éste pegándose un tiro tras un fracaso empresarial. En abuelo con Alzheimer. Mi amiga siempre concluye con un ¡que suerte tengo, pero la mala!
En sentido contrario,  también conozco a algún afortunado con mucha suerte y la buena. Especialmente a uno que por razones obvias no voy a identificar. Le ha tocado tres veces el gordo de la lotería, bien la de Navidad o la del Niño. ¡Tres veces!  Y me reconoce que solo juega en los sorteos especiales. No se trata de un blanqueo de capitales, es que el tipo tiene una suerte superlativa, ofensiva. Y también le va bien en su matrimonio y en su trabajo. En definitiva, la antítesis de la anterior.
Me pregunto en estos casos cómo la suerte puede influir en nuestras vidas hasta hacerla vulnerable ante un hecho meramente aleatorio, o casual, accidental. Una mala llamada al móvil cuando estamos conduciendo puede terminar con nosotros como el más agresivo de los cánceres. En ambos casos nos ha tocado. La suerte. Y en su vertiente más nefasta. Sin embargo, una partida de mus en la que nos jugamos unos décimos nos puede convertir en millonarios, ahorrándonos el esfuerzo y empeño de cualquier empresario para poseer cierto capital.
Se podría concluir con que la suerte, la mala o la buena, intrínsecamente son injustas, pues alteran el proceso natural de las cosas. No sólo la alteran, sino que la tergiversan, manipulan, transforman o convierten. Un hombre o una mujer de éxito podrían serlo por el mero hecho de haber tenido suerte. Y al contrario, el que por desgracia se topa con la mala suerte puede terminar siendo un desgraciado por mucho talento que tenga.  
Los hay que justifican que la suerte, la buena, hay que buscarla. De igual modo pienso que otros se empeñan en encontrar a la mala.
En definitiva, reflexiones de una noche de verano mientras escucho a los grillos. ¡Que suerte tengo! La buena...
 


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