05/11/2017 / 13:25
Jesús de Andrés


Imagenes

Sumergidos

Hace tiempo que la alianza entre Trasvase Tajo-Segura y el cambio climático han convertido lo que fue el Mar de Castilla en un Mar de Aral.


El mes de octubre ha batido todas las marcas de calor, con temperaturas por encima de los 30 y 35 grados en algunos lugares de España. Como si el veranillo de San Miguel hubiera hecho un largo puente con el de San Martín. Ha llegado, además, tras un año hidrológico que ha registrado unas precipitaciones ínfimas. No hay más que echar un vistazo a los embalses para comprobar sus efectos. Sé que es motivo de lamento, y a él me sumo, pero buscando un lado positivo la bajada del nivel del agua de los pantanos nos ha permitido contemplar viejos restos en ellos sumergidos: puentes, viviendas en ruina, vestigios urbanos que afloran y se muestran por un tiempo, como almas en pena, hasta que la lluvia los oculte de nuevo.
    Hace tiempo que la alianza entre Trasvase Tajo-Segura y el cambio climático han convertido lo que fue el Mar de Castilla en un Mar de Aral. En estas semanas se han podido ver, e incluso visitar, los restos de La Isabela, poblado y Real Sitio fundados por Fernando VII y anegados por las aguas del pantano de Buendía. En La Isabela, que recibe su nombre de Isabel de Braganza, segunda esposa del monarca, quien falleció en 1817 –el mismo año en que comenzaron las obras–, había un balneario, un palacio y un poblado habitado, que fue definitivamente desalojado en 1955, antes de que lo cubrieran las aguas. Teresa Viejo recreó de manera magistral parte de su historia en su novela La memoria del agua. También quedó sumergido bajo las aguas de Buendía otro pueblo, Santa María de Poyos, cuyos habitantes fueron convertidos en colonos y trasladados a San Bernardo, en la provincia de Valladolid, a un núcleo urbano creado por el Instituto Nacional de Colonización al comienzo de los años cincuenta.
    Otros pueblos sumergidos de nuestra provincia, de los que también se avistan restos, son los de Alcorlo, El Atance o El Vado, bajo embalses de idéntico nombre. Alcorlo fue construido a finales de los 70 e inundado y abandonado, no sin resistencia, en los 80. Se salvó su iglesia –trasladada a Azuqueca– además del cementerio y la ermita. El Atance desapareció en 1997, salvándose en este caso su iglesia –reubicada en Guadalajara– y una fuente llevada a Sigüenza. De El Vado, inaugurado por Franco en 1954, apenas quedan los restos de su iglesia, a los que no llega el agua. Pero hay otras muchas localidades de la provincia que, sin pantano alguno, están bajo unas aguas más espesas e inaccesibles: las del olvido y la indiferencia. Son varias decenas de pueblos abandonados cuyas iglesias nunca han sido trasladadas a ninguna parte, cuyas ruinas no afloran cuando aprieta la sequía. Sirva como ejemplo Villaescusa de Palositos, con su impresionante iglesia románica, abandonado en los años 70 y arrasado hoy por el propietario de sus terrenos, un pueblo sumergido en un olvido cuya memoria, a duras penas, intentan preservar sus descendientes.
 


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