07/01/2018 / 13:16
Javier Sanz


Imagenes

Tempus fugit

Estamos ya en condiciones de pasar revista a tiempos que cerramos con números redondos, otra cosa es que esto deba ser así.


Mi padre y su amigo Fernando comentaban siendo jóvenes la lejanía del siglo XXI. Tan allá lo veían que no se hacían ilusiones de fechar una carta en su tercera cifra con el 2. Mi padre no sólo llegó a habitarlo sino que casi despidió el tercer lustro. Fernando murió el primer día del siglo, del tercer milenio, aunque sin ser consciente de esta proeza. Su escepticismo tenía su explicación. En su siglo, el pasado, la esperanza de vida se duplicó, que se dice pronto. Ellos pertenecían a la cuadrilla de niños que oían comentar a los mayores en la puerta de la iglesia, donde se había clavado una esquela: “normal, ya había cumplido los sesenta.”
    En dos años más, Dios mediante –latiguillo muy común del siglo pasado-, habremos gastado la quinta parte de la hacienda con la que llegó este siglo para otros. Es más, vamos teniendo la perspectiva histórica suficiente para enjuiciar ese almanaque de cabo a rabo, pues que veinte años no es nada pero para el tango. Estamos ya en condiciones de pasar revista a tiempos que cerramos con números redondos, otra cosa es que esto deba ser así pues las épocas históricas, imprevisibles, tienen otros instrumentos de medida que en lo contemporáneo suelen ser sismógrafos pues no hay hecho significado que no sea una explosión y uno con otro no dejan sitio para un eslabón blanco.
    “No pasa el tiempo, pasamos nosotros”, es sabia frase de mi amigo Juan Antonio Pérez Mateos. Hace una semana descolgamos un calendario con tachones, viajes y bodas, pocos apuntes pues ya el móvil nos advierte la víspera de lo que toca: 10.00, recoger el chaqué; 13.00, Los Jerónimos; 15.00, Las Jarillas… Hoy llevamos al mayordomo en el bolsillo de la americana sin otra servidumbre que alimentarlo por la noche, acostado en la mesilla. Claro y cambiarlo cada dos años.
    Mi padre y su amigo Fernando jamás hubieran imaginado que viniendo de donde veníamos en el 18 surgiera una panda de prepotentes tan bien pagados de sí mismos que entraran en el democrático palacio de cristal que tanto costó, y cuesta, sostener sin respeto ni cuidado. Es cierto que eran hombres de generosidad probada y confiaban en que los que vinieran lo harían mejor. Parece que no. Es la hora de la cofradía de la sopa boba, con picatostes de profesorados universitarios, becas en el extranjero y subvenciones sin recibo. “Tempus fugit” decía el reloj de sala de mis abuelos. Yo  me imaginaba que volaba hacia la excelencia. Iluso chaval, pintan oros, para el que los trinque. “Tempus fugit” en el Google traductor equivale a “maricón el último.” Bienvenido, 2018.


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