04/02/2018 / 12:52
Jesús Fernández


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Tiempo de reformas


a reforma de la Constitución del 78 está en la sala de espera. Muchos partidos políticos han hecho un diagnóstico de urgencia. Sin embargo la Constitución no esta grave. El pueblo no lo juzga como  prioritario. Frente a los llamados y considerados padres de la Constitución  se alzan ahora los hijos de la reforma pidiendo su herencia. Sin embargo, considero que no ha llegado la hora de la reforma. Los valores contenidos  en ella tienen cierto carácter intemporal, trascienden la ley de la caducidad o desgaste y hay que pensar en una larga  duración.
    Hay algunas  tesis radicales  sorprendentes por proceder de intelectuales de izquierdas donde se anuncia que la reforma de la Constitución es inviable. Los que así piensan prefieren una voladura completa de la Constitución en lugar de su reforma parcial y ordenada. Es una teoría  muy peligrosa pues esos mismos consideran que vivimos ya un cierto   vacío constitucional desde el momento en que el Estado no cede más competencias a las autonomías. Entonces el vacío del que se habla es un vaciar al Estado de todo su poder unificador y disgregarlo en beneficio de  particiones autonómicas llamadas confederaciones.
    Por el contrario, otros opinan que se ha llegado demasiado lejos en cesiones y concesiones de tal manera que lo más inmediato es corregir el proceso de desprendimiento, aferente y concesionario. ¿Qué tendrá el poder que todos quieren tenerle o participar del mismo? Una condición necesaria del mismo es su concentración. Pasa igual  que con el mercurio, cuando se divide sigue siendo mercurio, formando otro centro. Por ello, el problema de la reforma ha derivado en una obsesión por el Estado Autonómico.
    En nuestra cultura política, arrastramos la noción de poder central o del Estado como un complejo de fuerza y superioridad, cuando estamos viendo que las atribuciones en manos del Estado son las que garantizan la igualdad y solidaridad de los ciudadanos sin diferencias de espacios o latitudes amén de otras modalidades. Entre todas las atribuciones del Estado, hay una a la que no puede renunciar como es la coordinación de las que tienen los demás, Por ello la reforma se puede entender como una reordenación, una recuperación de la facultad de coordinar e igualar, ya que el movimiento “natural” de las Autonomías parece que es “separarse” y salirse de esta obligación. 


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