06/04/2018 / 20:12
Jesús de Andrés


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Títulos

Cualquiera que haya cursado o impartido un máster reglado sabe que Cristina Cifuentes miente.


Los duendes de la imprenta me la jugaron la semana pasada. En la edición impresa de esta columna se coló una frase inicial que no era mía y –lo que es más grave– tras mi firma figuraba la palabra “catedrático”, dando a entender que lo soy. Aclaro desde ya que no soy catedrático. Soy profesor titular de universidad y posiblemente, dadas las rigurosas normas de acceso a cátedra recién aprobadas, que no cumplen la mayoría de los actuales catedráticos, lo seré hasta mi jubilación. Conviene aclarar también que la figura de catedrático a secas no existe. Se puede ser catedrático de universidad, catedrático de escuela universitaria (especie en extinción) o catedrático de enseñanza secundaria, pero no catedrático sin más. También se puede haber sido cualquiera de esas figuras, pero en ese caso conviene aclararlo, ya que en la administración no se es para siempre. Algunos catedráticos de universidad, cuando se jubilan, pasan a ser profesores eméritos o profesores honorarios, pero a ninguno –con un mínimo de pudor– se le ocurriría firmar como catedrático. Todo lo más, aclararía que lo fue y ha dejado de serlo.
    En las sociedades medievales cada individuo ocupaba un lugar en la jerarquía social. La nobleza heredaba su posición gracias a su título, que pasaba de padres a hijos. El valor de una persona dependía del lugar que ocupaba, del título que ostentaba. Las sociedades actuales son igualitarias. A todos nos dicen señor o señora en los restaurantes y en la recepción de los hoteles independientemente de quién seamos. Los títulos hoy no son nobiliarios, son académicos y se ganan con esfuerzo y trabajo, no se heredan de padres a hijos. Los títulos nos habilitan para desempeñar determinados trabajos, pero también dan prestigio a quien los consigue. Es un sistema con unas normas claras (capacidad, sacrificio, mérito y recompensa) y unos procedimientos transparentes.
    Cualquiera que haya cursado o impartido un máster reglado sabe que Cristina Cifuentes miente. El rastro informático, personal y físico que se deja es tal que, de existir alguna duda, en media hora se pueden conseguir infinidad de pruebas sobre su autoría. Lo que no se alcanza a comprender es para qué quiere realizar unos estudios si luego no cumple con sus obligaciones –y por tanto no adquiere los conocimientos impartidos– ni para qué necesita un título que nadie le exige. Sólo el narcisismo, la necesidad de aparentar, la ambición trufada de cierto complejo de inferioridad o la sensación de impunidad para saltarse las normas explican comportamientos de ese tipo. Luis Roldán, Iñaki Urdangarín, Pilar Rahola, Elena Valenciano o Juan Manuel Moreno Bonilla, entre otros muchos, mintieron sobre su currículum cegados por la vanidad. Es posible que Cifuentes, atrapada en su red de mentiras, acabe cayendo. Más difícil será devolver el prestigio a unos títulos por los que tantas personas se sacrifican cada día.
 


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