12/08/2017 / 11:15
Antonio Yagüe


Imagenes

Todos camareros

Chiringuitos, restaurantes, hoteles y tantos y variados locales están cumpliendo el sueño de aquella ‘Spain is different’.


Dentro de cien años, todos camareros”. Parece que no habrá que esperar tanto para que se cumpla la profecía con retranca que oí de niño a un parroquiano en un bar molinés. Fraga Iribarne abría entonces los partes y NODOS inaugurando paradores, presentando campañas sobre la excelencia de nuestro sol y playa o recibiendo al turista dos millones. Costaba creerlo en aquellos años cuando casi todos éramos de pueblo. Pero hay un dato tozudo que lo apuntala entre las pomposas estadísticas difundidas estos días por el Gobierno: uno de cada dos empleos creados desde enero ha sido en el sector de hosteleria.
    España figura a la cabeza mundial en bares por habitante. Un recuento realizado estos días por la Federación Española de Hostelería los cifra en 101.397, más que en todos los Estados Unidos de América juntos. Algo inconcebible en la patria del bourbon y el saloon. El fenómeno ha llegado frenado a Molina por la despoblación y la elevada media de edad. Pero en los últimos años comercios de los cascos antiguos de las ciudades han ido cerrando en tropel para alojar bares de copas, tascas de diseño firulí, simulacros de tascorra antigua y gastrobares. Barras a diestro y siniestro, la releche.
    Chiringuitos, restaurantes, hoteles y tantos y variados locales están cumpliendo el sueño de aquella ‘Spain is different’ con más de 300.000 establecimientos, millones de empleados y un considerable porcentaje del PIB, -dicen que el 11%-, que ya hubiera querido para sí el desarrollismo cutre del franquismo. Ahora resulta que el paisaje turístico terminal que teníamos cuando llegó la crisis, tras años de hormigón y ladrillo con su furia especuladora, arroja el indicador económico más positivo y se ha convertido en la primera industria nacional.
    Habrá que esperar a las estadísticas de verdad: esas que son capaces de conjugar un aumento considerable de visitantes con un descenso en los ingresos. Ya saben: vienen más, pero gastan menos. Y, sin embargo, el milagro persiste. Millones de británicos, franceses y alemanes continúan alimentando el principal motor de la economía. Vienen sin necesidad de que hablemos bien en inglés, francés o alemán -nuestra incultura idiomática bate récords- y trasiegan chungas paellas y jamón barato con sangría. Habrá que responder al milagro no rezando, sino estudiando cómo ser unos atentos camareros.
 


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