07/07/2018 / 17:55
Antonio Yagüe


Imagenes

Turismo ovejero

Un puntero proyecto denominado Somos Trashumancia invita este fin de semana a recrear la antigua vida pastoril recorriendo hasta 33 kilómetros en compañía de 1.200 ovejas.


La imaginación al poder. Dicen los que saben que el eslogan más emblemático de Mayo del 68 se ha banalizado tanto como el propio movimiento contracultural de los 60-70, y ha sido absorbido por la sociedad de consumo a la que se enfrentaba. Pero sigue siendo una de esas mágicas frases que evocan mucho sobre logros sociales. Y de insólitos nuevos mercados, en su día tachados de utópicos o simplemente una tontuna, como dirían en mi pueblo.

No lo es, aunque a algunos pueda parecérselo, el increíble turismo montado en tierras sorianas en torno a las ovejas y sus tradiciones. Un puntero proyecto denominado Somos Trashumancia, invita este fin de semana a recrear la antigua vida pastoril recorriendo hasta 33 kilómetros en compañía de 1.200 ovejas que regresan tras pasar el invierno más al sur, en la famosa Extremadura de la vieja canción. El paquete turístico, al precio de 115 euros por persona, ofrece dormir al aire libre, caminar junto al rebaño, empaparse de los subyugantes olores a tomillo, romero, aliaga y al propio ganado, y entrar en la ciudad entre balidos y aplausos de los turistas-pastores. 

La fiesta se completa con una exhibición de esquileo, con pestilente bache previo incluido, un conteo a capón separando las churras de las merinas y una comida a base de migas, gachas y torreznos. También hay talleres sobre llenado de sacos de lana, vareo, tintes e hiladuras, lanzamiento de piedras y garrochas al grito ¡’quietaa’! como hacían los antiguos pastores. Incluso se habla en el programa de ovejolimpiadas y showroom lanar. También disponen de una mascota de la ruta, la oveja mansa Pelendona. Una manera, resumen los promotores, de conocer el mundo del pastor en toda su amplitud. 

Cuentan que a la edición del pasado año se apuntaron ocho. Entre ellos figuraba un gaditano prejubilado que no paraba de contar chistes, un escritor danés enamorado de la obra de Machado y un profesor de Santiago de Compostela experto en el Santo Grial. Pero llovió y no pudieron gozar del atractivo de dormir al raso. Tampoco les dieron morral, manta ni los esquiladores les hablaron en mingaña, como hacían antes las cuadrillas de Fuentelsaz, Milmarcos o Maranchón. Una pena. ¡Si nuestros abuelos, pastores de verdad y por cuatro perras gordas, levantaran la cabeza!


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