21/08/2018 / 21:37
Redacción


Turismo, respeto y viceversa

 La llegada de visitantes foráneos se ha multiplicado en Brihuega en los últimos tiempos, sobre todo desde que los campos de lavanda han emergido como uno de los atractivos de la localidad.


Vivimos tiempos complicados en los que la contradicción forma parte de nuestro día a día. Porque mientras en algunos municipios, sobre todo grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Mallorca, el turismo empieza a convertirse en uno de los mayores problemas de los vecinos, en otros está siendo muy bienvenido. Es el caso de Brihuega, que no nos sorprendería que apareciera en alguna de esas guías de viaje de España que vienen pegadas en las manos de los turistas extranjeros. Porque la llegada de visitantes foráneos se ha multiplicado en los últimos tiempos, sobre todo desde que los campos de lavanda han emergido como uno de los atractivos de la localidad. El color morado se mezcla de esta forma con la imponente arquitectura del lugar, que poco a poco va creciendo –aunque esto sea prácticamente imposible en muchos sitios– con la rehabilitación y recuperación de monumentos que se encontraban olvidados. En el caso de Brihuega, el Castillo de Piedra Bermeja y la Real Fábrica de Paños son un claro ejemplo. El primero ya está a disposición de todo aquel que quiera conocer una obra bellísima. El segundo, afronta una gran reforma antes de pasar a formar parte de la Red de Hospederías de Castilla-La Mancha. Pero es evidente que el turismo masivo, como ocurre en las ciudades nombradas anteriormente, no tiene nada que ver con lo que encontramos en localidades como Brihuega, Sigüenza o la propia Guadalajara. Por suerte, se puede pasear tranquilamente por sus calles, saboreando cada uno de sus rincones mágicos, sin tener que andar como en procesión. Sin salir de Brihuega, está claro que hay otro tipo de turismo, el festivo y, por qué no decirlo, el taurino, que también atrae cada año a  miles de personas a la localidad. El jueves, sin ir más lejos, tuvo lugar el que es el segundo encierro por el campo más antiguo del país. En esta ocasión se cifró en unas 12.000 personas las visitantes. Cifras importantes que no impidieron que todo se desarrollara de la mejor manera. Y es que, cuando la voluntad es pasárselo bien sin molestar al prójimo, hay mucho que ganar, los que son de allí y los que vienen de fuera. Será que el turismo, al fin y al cabo, trata de respeto.


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