30/07/2018 / 13:39
Marta Velasco


Imagenes

Verano

Resulta que hay personas que prefieren quedarse en su ciudad con calor, el gran Mingote, por ejemplo. 


Verano, violín rojo, nube clara, un zumbido de sierra o de cigarra te precede … dice Neruda.

Adoro el verano. Me gusta todo, hasta el calor sofocante del que me quejo, sugiriendo que en estas fechas deberían cerrar Madrid y mandarnos a todos al campo o a la playa. Así podrían ventilar la Capital del Reino, refrescar los jardines con mil bocas de riego, limpiar las fachadas y las calles, pintar las pintadas, tapar las heridas de los socavones y lavar las hojas de los árboles una por una. Pero resulta que hay personas que prefieren quedarse en su ciudad con calor, el gran Mingote, por ejemplo, que echaba las persianas y se quedaba con su mujer allí, en secreto, trabajando, trasnochando en las terrazas, caminando por las calles semidesiertas, comiendo helados y yendo a los cines de verano a ver la luna. Tampoco es malo ese plan.

Esta semana me he divertido con una serie basada en la famosa trilogía de Corfú de Gerald Durrell, no tanto como con la original en papel, pero la época, el mar azul, el sol y la música griega, contrastada con el carácter británico, me ha llevado al paraíso terrenal. Lo recomiendo para antes de dormir, aleja los malos espíritus y alegra las pajarillas. Imbuida del alma griega he buscado unos libros de mi vida anterior y he encontrado la Historia de los Griegos, de Indro Montanelli y una Historia de la filosofía griega, de L. De Crescenzo, que, en su día, me hicieron reír y aprender curiosidades sobre los griegos antiguos, esos mediterráneos de mentes abiertas al saber.

Los griegos siempre vivieron en verano. Hay un verbo griego, el verbo Agorazein que significa “Ir a la plaza a ver que dicen” y, para más inri, el participio de ese verbo precisa que hay que “ir paseando despacio y con las manos detrás”. Eso es un verbo descriptivo y completo.  Como cuenta De Crescenzo, Grecia es un país mediterráneo hecho de sol y de conversación, dos cosas esenciales para ser feliz. El sabio más raro, y el que más me gusta a mí, fue Pitágoras, que odiaba las habas y era saludado por la mañana por el río Neso con cristalina voz,” Salve, Pitágoras”, murmuraba el río.

Decía el filósofo que los hombres se dividían en mathématas, con derecho a aprender y a enseñar, y acusmáticos, que solo podían escuchar.  A Pitágoras se le atribuyen gestas como hablar con una osa daúnica y ser visto en varios lugares a la vez; enseñaba, a seres extravagantes como él, sus conclusiones sobre la transmigración de las almas, el Número y el Cosmos; lo más importante era el Número y lo más bello la Armonía.  Murió por no querer atravesar un campo de habas y dijo de sí mismo: “Tres son las naturalezas del universo: los Dioses, los mortales y los que son como Pitágoras”

Sólo en un país alegre y sabio como Grecia se te pueden ocurrir ideas tan luminosas.

(Mi amor por los griegos, a los que admiro. Y mi dolor por el fuego que arrasa su hermosa tierra)


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