22/04/2010 / 17:27
Charo Zarzalejos


Acuerdo para la huelga



Iñigo Urkullu, presidente del EBB y por tanto máximo responsables del PNV, puede sentirse orgulloso. Hace poco más de un año su partido se veía obligado a hacer mudanza. Después de casi treinta años, un socialista, Patxi López, se hacía con la lehendakaritza gracias al pacto suscrito entre los socialistas vascos y los populares liderados por Antonio Basagoiti. Aquello fue un trago para un partido acostumbrado al poder. Después de revolverse contra lo inevitable, los nacionalistas vascos optaron por gestionar su nueva realidad  y ya rehechos del disgusto anunciaron que gobernarían desde la Oposición. Luego surgieron algunos asuntos de presunta corrupción en Álava y en cuestión de semanas, Urkullu se ha convertido en el "hombre fuerte" de la política española. Sin el apoyo del PNV la legislatura estaría agotada. 


El acuerdo sobre la transferencia de las políticas activas de empleo, incluida la bonificación a empresarios, permite que el PSOE mantenga su agenda electoral. El pasado miércoles en Moncloa Zapatero y Urkullu sellaron el acuerdo, que previamente habían gestado sus respectivos representantes. En Vitoria, Patxi López recibía una llamada informativa del Presidente del Gobierno. Dos días después de este encuentro, el Ejecutivo aprueba el proyecto de ley de Presupuestos. 


Como tal proyecto está sujeto a cambios, puesto que tienen que ser negociados tanto con el PNV como con Coalición Canaria y UPN. Estos dos últimos partidos nunca fallan a Zapatero y el PNV, que es el que de verdad, importa, se ha hecho fuerte y dice que todavía no hay nada seguro, cuando en realidad si hay algo seguro en el panorama político es que Urkullu apoyará a Zapatero. Si algo caracteriza el acuerdo PNV- PSOE es su falta de transparencia. Es difícil de entender y muy fácil criticar que lo acordado no conste en un papel y que lo hablado quede sujeto a interpretaciones y especulaciones. ¿Qué ha ocurrido para que ahora el PNV se sienta satisfecho? ¿Qué magia tiene Zapatero para que haya sido capaz de un acuerdo que todos los gobiernos anteriores, incluidos los de Felipe González, no lograron alcanzar? La falta de transparencia da credibilidad, hace verosímiles informaciones que, por ejemplo, hablan de acuerdos para no facilitar la reedición del pacto PP-PSE. 


De lo que sí se puede tener certeza es que Urkullu y el Presidente no hablaron de números y en el fondo poco importa el listado de asuntos que pudieran abordar. Lo sustancial de este movimiento del líder socialista   es que entre ambos partidos _PNV y PSOE_ y entre ambos líderes _Urkullu y Zapatero_ se ha generado una suerte de complicidad que para que exista no es imprescindible un acuerdo concreto. Basta con entenderse con la mirada. Y esto es la política: generar complicidad para favorecerse mutuamente y éste y no otro es el gran acuerdo recientemente sellado y difícil de poner por escrito. Por definición la complicidad suele estar llena de sutilezas y a veces de intangibles, pero es precisamente la complicidad, más que el acuerdo, la herramienta más eficaz.

  

La peculiaridad llamativa y susceptible de la mayor crítica es que esta complicidad la ha tejido Zapatero con quien es Oposición a su compañero Patxi López. Pero, ¡ojo¡, la culpa, al menos en exclusiva, no es del Presidente del Gobierno, sino de aquellos que aun estando en desacuerdo optan por el silencio. En su momento los socialistas vascos recordaron que ellos tenían más votos en el Congreso que el PNV. Pero ahí se quedaron y ahora cayendo en una patética sobreactuación se muestran encantados, contentos "de corazón" con que haya sido el PNV el "conseguidor" de una transferencia. 


A partir de ahora y basados en esa complicidad habrá nuevos acuerdos y Urkullu salvará a  Zapatero y Patxi López dirá que todo estupendo. De esto y de la marcha general de la política el responsable último es el Presidente del Gobierno, pero responsables son todos aquellos que pudiendo hablar no lo hacen y que pudiendo manifestar su discrepancia se callan. Hoy Patxi López está más débil que hace un mes, pero la culpa no es de Urkullu.



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