18/05/2018 / 18:51
José Mariano Aragón Olalla


Agradecimiento al SESCAM

Queremos agradecer con mayúsculas a todo el personal que intervino su profesionalidad, su tranquilidad y cariño.


Normalmente, los españoles somos de protesta fácil ante lo que nos perjudica, nos fastidia o simplemente no se ajusta a nuestros caprichos, pero solemos ser tardos para agradecer, reconocer y felicitar. Y esta carta es un ejemplo más. Ha pasado ya casi un año, pero ese día será muy difícil de olvidar en bastante tiempo. Mi hijo mayor, de 9 años, vive con problemas de salud importantes desde su nacimiento, pero hacemos todo lo posible porque lleve una vida normal, como la de cualquier otro niño, aunque hay ocasiones en las que no es así.
    Una de ellas, el motivo de esta, ocurrió el pasado ocho de junio de 2017, mientras pasábamos las vacaciones estivales en nuestro pueblo, Luzaga, a 140 kilómetros de la “seguridad” de nuestra vivienda habitual en Madrid. Normalmente, pasamos allí gran parte del verano disfrutando de la vida del pueblo, que en verano se llena de gente, pero ese sábado, a la hora de la siesta, Rodrigo se puso muy malito. Tanto, que hubo que tirar de 112…
    Comprenderán ustedes que, aunque a toro pasado, sea fácil contarlo, en aquel momento no era sangre fría precisamente lo que nos sobraba.
    Por eso, queremos AGRADECER con mayúsculas, a todo el personal que intervino su profesionalidad, su tranquilidad y su cariño. A los operadores telefónicos, por atendernos con calma y movilizar todos los recursos necesarios para atender la situación. A los técnicos de SESCAM, y a las doctoras del centro de salud de Alcolea, que fueron los que primero llegaron, y estabilizaron a Rodrigo, no separándose de su lado hasta que llegó el helicóptero. Al personal del helicóptero, tanto médico como tripulación vuelo, y en particular al doctor Antonio Cid Dorribo y a su equipo asistente, que realizaron el traslado al hospital de Guadalajara y nos transmitieron, con su profesionalidad, cercanía y cariño, una tranquilidad y sensación de seguridad que nunca olvidaremos. Y, por último, al personal médico y enfermeras del hospital de Guadalajara.
    En un pueblo tan pequeño, buscar un lugar para que aterrice un helicóptero, enviar una ambulancia, y trasladar a un enfermo desde allí, no es en absoluto habitual. Por eso, queremos una vez más, dar las gracias por todo. Por no escatimar con los recursos, que tan escasos nos parecen a veces, por tener profesionales como la copa de un pino en los servicios de atención médica, y que estos además sean personas que sepan acercarse no solo al paciente, sino también a los familiares con cariño, y porque, a pesar de que pueda parecer que estábamos lejos o aislados, todo funciono coordinadamente a la perfección. La tranquilidad con la que volvimos a los pocos días a nuestro pueblo, seguros de estar atendidos ante estas situaciones, es algo que todos debemos aprender a valorar y reconocer.
 


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