13/07/2018 / 14:36
Redacción


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Calabob@s

Que los idiomas tienen elementos machistas que se remontan a su origen es algo incuestionable.


Bastó que la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, anunciara esta semana el encargo a la Real Academia Española de un informe para adecuar la Constitución a un lenguaje inclusivo para que se armara la de Dios es Cristo. A Luz Sánchez-Mellado –por poner un ejemplo–, periodista de larga trayectoria que, entre otros, ha ganado el Premio de Periodismo contra la Violencia de Género, tuvo el atrevimiento de decir basta en las redes sociales (“no lo veo, me siento representada en el genérico masculino y no me siento discriminada”) y la oportunidad de comprobar como caía sobre ella una catarata de insultos y desprecios de todo tipo.

Sé que es un tema delicado, un jardín al que lo más sensato es no entrar, pero creo que se nos está yendo de las manos. Como casi siempre, la radicalización extrema de los planteamientos impide llevar el debate a un lugar templado y racional. Por un lado, hay quienes desde posturas ultrafeministas quieren convertir a la lengua española, con sus palabras masculinas y femeninas y sus genéricos neutros, en un imposible neolenguaje repetitivo en el que a cada palabra en masculino le suceda su correspondiente femenino, a la manera de cómo se expresa un lehendakari o un presidente bolivariano. Esta absurda forma de hablar y escribir no sólo va en contra de la economía del lenguaje sino también de la principal utilidad de todo idioma: la comunicación. De hecho, sus defensores son incapaces de mantenerla en todo momento y cuando hablan y escriben la olvidan a veces de forma inconsciente, a veces –así lo creo– de forma premeditada. Y si no, piensen por qué jamás se usa para referirse a los asesinos y las asesinas, a los y las terroristas, o a los ladrones y las ladronas, es decir, cuando de términos despectivos se trata. Luego están los otros, los que desde posturas machistas se cierran a cualquier tipo de cambio por considerarlo poco menos que una cesión de su hombría. No se dan cuenta de que expresiones incluyentes como por ejemplo el “señoras y señores”, tan usual al inicio de cualquier acto público, están a la orden del día desde hace décadas.

Que los idiomas tienen elementos machistas que se remontan a su origen es algo incuestionable; que la invisibilidad de las mujeres ha sido una constante a lo largo del tiempo, otro tanto de lo mismo. Pero el español, como herramienta que es, tiene unas normas, una estructura y un uso consolidado. Decir que el perro y la perra son el mejor amigo y amiga del hombre y de la mujer no será nunca un gesto de sensibilidad feminista sino de imbecilidad. Modifiquemos y adaptemos todo aquello que se pueda, pero sin cargarnos nuestra lengua, cada vez más castigada, peor usada, sometida a una agresión permanente que nos impregna como un sutil calabobos y calabobas.


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