06/05/2018 / 12:56
Jesús Orea


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El insigne ‘maestro de maestros’ alcarreño, Rufino Blanco, camino de los altares

El maestro, pedagogo y escritor está incluido en una de las once causas de los santos que hay en proceso en la archidiócesis de Madrid que congrega a sacerdotes y laicos martirizados durante la II República.


Por casualidades de la vida, he contactado recientemente con el arquitecto y comisario de arte madrileño Adolfo Blanco Osborne, nieto del insigne maestro, pedagogo, filósofo, investigador, periodista, escritor y hasta político circunstancial alcarreño, Rufino Blanco, nacido en Mantiel en 1861 y asesinado en Madrid en octubre de 1936. Fue el propio descendiente de tan ilustre guadalajareño quien me informó que su abuelo va camino de los altares pues su nombre y su caso están incluidos dentro de una de las once causas de los santos que hay actualmente en proceso en la archidiócesis de Madrid, concretamente la tercera, colectiva, que congrega a los “Sacerdotes y laicos martirizados en Madrid, en la persecución religiosa de la II República Española” (sic). El Obispo Auxiliar de la archidiócesis de Madrid, Juan Antonio Martínez Camino, en documento reciente, ha confirmado a la familia que la causa prospera. Rufino Blanco fue un hombre de profundas convicciones religiosas y monárquicas que murió asesinado a principios de la Guerra Civil junto con su hijo, Julián Blanco Pérez del Camino, periodista de ABC. Ambos fueron “sacados” el 2 de octubre de 1936 por unos milicianos de la CNT de su vivienda familiar en el número 65 de la madrileña calle de Viriato y, tras permanecer unas horas detenidos en una checa -unas fuentes dicen que en la de Bellas Artes y otras que en la de Ventas-, aparecieron sus cadáveres al día siguiente en una cuneta de la carretera de Burgos.  
    Al hilo de esta noticia, que me parece ciertamente relevante por tratarse de quien se trata, he creído conveniente abordar en este “Guardilón” la figura de Rufino Blanco para refrescar y ampliar el conocimiento que de sus relevantes vida y obra hay en la provincia. Mucho me temo que la noción que de él existe no es demasiada, a pesar de que una calle y el grupo escolar público más antiguo y céntrico de la ciudad de Guadalajara llevan su nombre; la calle desde 1975 y el colegio desde 1942. Seguramente que si preguntáramos a muchos guadalajareños quién era Rufino Blanco, una gran mayoría de ellos se limitaría a responder que el que da nombre al colegio de las Cruces, en la capital de la provincia, y a la calle en la que también hay, curiosamente, otro centro escolar, “El Doncel”.
    Pese a que lo más relevante y el más largo período de la vida de este personaje no transcurrieron en nuestra provincia, ni su amplia y notable obra estuvo tampoco relacionada con ella, comenzaremos este breve acercamiento a él refiriéndonos a sus vínculos con Guadalajara, por evidentes razones de paisanaje. Como ya adelantábamos, Rufino Blanco Sánchez nació en Mantiel el 16 de febrero de 1861, no porque su familia estuviera enraizada en esta villa alcarreña en la que escasamente hay censados hoy medio centenar de habitantes, sino porque su padre, practicante de profesión -oficio también llamado “ministrante” en aquella época-, trabajaba allí, aunque ayudando a varios médicos de la comarca por la que desplazaba penosa y frecuentemente. La familia de Rufino Blanco desciende originariamente de un pueblo de Badajoz, Zarza de Capilla, si bien ya a finales del siglo XVIII hay constancia de la residencia de sus antepasados en el municipio cordobés de Hinojosa del Duque. A pesar de que ni el propio Adolfo Blanco conoce la causa por la que sus bisabuelos vivieron unos años en Mantiel, teniendo en cuenta la profesión del padre del gran pedagogo no sería de extrañar que se trasladaran allí para aprovechar el trabajo que, a buen seguro, no le faltaría en los famosos baños que hubo en este pueblo, activos hasta el año 1957 cuando fueron inundados por las aguas del Embalse de Entrepeñas.
    Siendo Rufino muy niño, cuando el entonces cura de Mantiel, don Ramón, le había enseñado apenas a leer y escribir y cuatro reglas matemáticas y gramaticales, la familia marchó a Madrid, donde fijó ya definitivamente su residencia. En la capital de España realizó sus estudios primarios y de bachillerato, sin destacar en exceso sus calificaciones, algo que sí ocurriría posteriormente cuando cursó Magisterio. Obtuvo el título de Maestro de Primera Enseñanza con 22 años de edad y pronto comenzó a ejercer como tal en varias escuelas madrileñas, al tiempo que siguió ampliando estudios, llegando a ser director de la Escuela Modelo Municipal -la aneja a la Escuela Normal de Magisterio, para entendernos- y de la propia Normal que, incluso, durante un tiempo hasta llevó su nombre.
     En 1909 ya era Doctor en Filosofía y Letras, año en el que, junto a unos compañeros, creó la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio, antecedente directísimo de las actuales facultades universitarias de Pedagogía. Previamente, en 1894, ya había liderado propuestas pedagógicas reformadoras e, incluso, casi revolucionarias para la época: convertir las escuelas normales de España en graduadas -es decir, dejar atrás las aulas unitarias y separar a los alumnos por niveles de edad y conocimientos para optimizar su rendimiento- y la construcción de grupos escolares de acuerdo con el sistema panóptico, según el cual toda la parte interior de una escuela se puede ver desde un solo punto. Curiosamente, la propia UNESCO, medio siglo después, promovió un proyecto parecido al impulsado por Rufino Blanco, conocido como “Escuela sin pared”, construyéndose en nuestra provincia, concretamente en Mandayona, un centro de estas características. También alentó la creación del profesorado femenino de las escuelas normales.
    Desde 1909, Rufino Blanco fue profesor numerario de Lengua y Literatura en la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio de Madrid, asumiendo la cátedra de Pedagogía Fundamental un año después y hasta 1931 en que fue cesado, apenas unos meses antes de jubilarse, por desarrollar su programa docente sin abdicar de su fe católica. Sus referentes filosóficos y pedagógicos eran Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Juan Federico Herbart, Froebel, Pestalozzi y el padre Manjón. También está considerado como uno de los alumnos aventajados de Marcelino Menéndez Pelayo, en cuyo homenaje en la Real Academia de la Historia participó activamente. Por concluir con los referentes y condiscípulos filosóficos y pedagógicos de Rufino Blanco, cabe significar que la madrileña Escuela de Estudios Superiores de Magisterio de la que, como ya hemos dicho, fue, primero profesor numerario y después catedrático, aglutinó un claustro docente de primerísimo nivel del que él formaba parte junto con otros profesores de la categoría de José Ortega y Gasset, Luis de Zulueta, Luis de Hoyos, Domingo Barnés o Juan Zaragüeta.
    Fue ingente su labor como escritor, especialmente de obras pedagógicas, siendo autor de cerca de 60 libros, muchos de ellos considerados como verdaderos referentes de la docencia y aún consultados y estudiados en las facultades de Pedagogía y en las de Magisterio. De entre ellos destacan los siguientes títulos: “Teoría de la Educación”, “Organización escolar”, “Arte de la lectura”, “Paidología y pidotecnia”, “Elementos de literatura española e hispanoamericana” y, singularmente, su “Bibliografía pedagógica de obras escritas en castellano o traducidas a este idioma”, una magna obra que le ocupó quince años de su vida, un instrumento de trabajo imprescindible para conocer la historia de la educación española.
    Rufino Blanco, además de escritor, fue también publicista y periodista, no en vano hasta llegó a dirigir el diario católico “El Universo” -fundado por el Marqués de Comillas, Claudio López Bru- durante el tiempo que se editó, entre 1909 y 1926. Igualmente, dirigió durante seis años (1896-1902) la revista “El Magisterio Español”, colaboró con el diario ABC, la revista “Atenas”, de la Federación de Amigos de la Enseñanza, fue vicepresidente de la Asociación de la Prensa de Madrid (1920-1926) y presidente de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (1922-1926). Muchos de sus artículos, especialmente en ABC, los firmaba con un singular seudónimo que evidenciaba su memoria y afecto a sus raíces en Mantiel: “Un crítico de la Alcarria”.
    Nuestro ilustre paisano también ocupó varios cargos políticos a lo largo de su extensa y densa vida: Fue gobernador civil de Segovia (1927-1930), concejal del Ayuntamiento de Madrid (1924-1925) y consejero de Instrucción Pública (1921-1930), entre otras responsabilidades políticas, pero de alto contenido técnico y siempre vinculadas con el ámbito de la enseñanza.
    Cuando en 1961 se cumplió el centenario de su nacimiento, incluso se creó por orden ministerial una junta nacional para organizar un homenaje a su egregia figura. En la provincia, relevantes fueron las voces que se alzaron para que se le rindieran honores, destacando entre ellas la del entonces Cronista Provincial, Layna Serrano, quien afirmó que Rufino Blanco fue “maestro de maestros y modelo de honradez, modestia y civismo”. El mayor reconocimiento, no obstante, que aquí se le tributó tuvo lugar el 12 de mayo de 1975, en Mantiel, organizado por la asociación de antiguos alumnos del propio pedagogo, a la que se sumaron autoridades civiles y académicas nacionales y provinciales.
    En la actualidad, al menos cinco colegios españoles de educación infantil y primaria, llevan el nombre de Rufino Blanco: además del de nuestra capital, los localizados en el madrileño barrio de Chamberí, en Salamanca, en el pueblo ciudarrealeño de Villarrubia de los Ojos y en la localidad onubense de Encinasola. Termino citando una frase suya que bien podría resumir su legado ético e, incluso, ser su epitafio: “Ni el bien hace ruido, ni el ruido hace bien”.  
 


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